MORIR CUERDO Y VIVIR LOCO
Antonio José Mialdea Baena - 07-01-2006 12:03:01 | Categoria: artículos divulgativos
Cuando el sueño y la realidad se confunden nace el Ingenioso Hidalgo(publicado en Cuadernos del Sur, suplemento de cultura de Diario Córdoba, el 20 de enero de 2005)
Hemos finalizado el año de María Zambrano, en el que hemos celebrado el primer centenario de su nacimiento. Ahora inauguramos el año del Quijote, en este caso, del nacimiento, hace cuatrocientos años, de la primera parte de la obra literaria que sigue siendo nuestra carta de presentación en el mundo. A pesar de la diferencia de personajes, a pesar de la distancia entre los años, a pesar de haber vivido exilios bien distintos, que a la postre quizá sean los mismos –el exilio de adentro–, no nos hemos movido del mismo lugar: el pensar español, el más genuinamente español, esta manera de filosofar tan nuestra que se mueve, desde la fenomenología del profundo que diría el filósofo malagueño José Sánchez de Murillo, entre el sueño y la realidad, entre el sueño y la verdad. Así definió María Zambrano a esa España de la que nunca se fue y así es como la vivió el personaje principal de la obra cervantina: Quijote de la mancha mientras duró su sueño, Alonso Quijano el Bueno cuando se sintió morir y llamó a los suyos, a los más cercanos, a decirles que “dadme albricias, buenos señores de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de bueno”. Así que, al final de su vida, Quijote albergó una especie de suerte por la que tomó conciencia de sí mismo y de la realidad, pero, lamentablemente para él, ahora había llegado el tiempo de morir, la terrible paradoja humana sin solución alguna. Sansón Carrasco, viendo moribundo a Quijote, se adelantó, indebidamente como sabemos, a escribir el epitafio de su sepultura: Yace aquí el hidalgo fuerte/ que a tanto estremo llegó/ de valiente, que se advierte/ que la muerte no triunfó/ de su vida con su muerte./ Tuvo a todo el mundo en poco/ fue el espantajo y el coco/ del mundo en tal coyuntura,/ que acreditó su ventura,/ morir cuerdo y vivir loco. ¿No es ésta la conciencia más profunda de la caducidad de nuestro existir? ¿No hay en estas últimas palabras la comprensión definitiva de que toda la vida es un sueño que tenemos la fortuna de vivir? ¿No es este juego de sombras, el que aparece en los molinos de viento manchegos a plena luz del día, el mismo juego de sombras cavernosas con que Platón nos explicaba en qué consistía la esencia más honda de la vida? Todavía, aunque hayan pasado los años, y los espacios sean otros, no sabemos a ciencia cierta los españoles, como bien dijo Antonio Machado, si tenemos más miedo a soñar o a despertar, porque no vaya a ser que soñar nos impida vivir, o que despertar sea dormir para siempre. Comprenderán ahora por qué todos aquellos que están presenciado el agónico tránsito del protagonista principal de la obra cervantina, el cura, el bachiller, el barbero, el médico, la sobrina y, sobre todo, su fiel e inseparable Sancho, prefieren que antes de morir cuerdo como Alonso Quijano el Bueno, siga viviendo loco como Don Quijote, el caballero de la Mancha.
Entre estos sueños y vigilias ya han pasado, como digo, cuatrocientos años, y el Quijote de Cervantes, el señor de los hidalgos, peregrino de los peregrinos como lo llamó Rubén Darío, sigue ahí, intacto, desde su primera aparición en 1605, alabado por muchos, vituperado por otros, aunque siempre firme a lomos de su fiel Rocinante, lanza en ristre y escudo en mano, saliendo a cabalgar –dice Cervantes– cuando sería la hora del alba; una hora, como afirmó Zambrano, tan cierta como incierta, tan verdad como sueño; una hora, la del alba, que sólo la puede comprender quien en ella se adentra y la sigue; una hora, la del alba, que sólo la puede ganar quien con ella se encuentra que, a la postre, es encontrarse con uno mismo.
En este alborear del cuatro centenario de la publicación del Quijote, ese “microcosmos paranoico” que de él dijo Dalí, creo que es fundamental que caigamos en la cuenta de que no nos encontramos solamente delante de la celebración del cumpleaños de una obra literaria (de éstos tenemos centenares en nuestra historia), sino que significa mucho más que esto: entre otros asuntos, el triunfo de la literatura sobre el paso del tiempo, el triunfo de nuestra propia historia, de nuestro propio modo de ser y de afrontar la vida, la consecución, en definitiva, del sueño de nuestra propia libertad.
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