PROCLAMO EL FIN DE LA POESÍA: LEOPOLDO MARÍA PANERO
Antonio José Mialdea Baena - 05-01-2006 13:26:31 | Categoria: artículos divulgativos
El cadáver de la poesía es la sustancia de mis versosLlegó, eso es cierto, a tiempo, pero nadie pudo asegurar después de un par de horas si de verdad estuvo allí presente o no estuvo. Apoyado en el mostrador de la cafetería del Auditorio del Palacio de Congresos de Zaragoza, su mirada de ausencia quizás pendiente de otro mundo se cruzó apenas un instante con la mía: Leopoldo María Panero con su inseparable refresco de cola y su cigarrillo eternamente nuevo para mantener separados sus labios secos, secos de exprimir la palabra poética, la única capaz de haberlo entendido. Unos segundos después de toparme con sus ojos, hice ademán de preguntarle: -¿Cómo está usted, don Leopoldo?- Pero en un rápido movimiento de la mente, de esos que tan pocas veces disfrutamos, comprendí que la pregunta no era, en absoluto, pertinente. La pregunta correcta era: -¿Cómo estaba yo?- Los ojos de Leopoldo te devuelven las preguntas, todas las preguntas, porque él es ya un hombre de una sola pieza en el que no existe el interior y el exterior. Así lo expresó Orestes Romera al proyectarnos el documental que ha realizado sobre los últimos tiempos de Panero. Y así lo creo.
Todos los asistentes al Congreso, más de trescientos ejemplares (entre teóricos de la Literatura, poetas del tiempo de los “novísimos” que bautizó Castellet allá por los 70, estudiantes de Filología e intentos de ser poeta) estábamos ya sentados en la Sala dedicada a Mozart. Panero no llegaba, pero él siempre llega, como dije, a tiempo...a tiempo de cualquier bar. Tuvieron que avisar a Túa Blesa, el director del Congreso, para que fuera a recogerlo. Leopoldo aguardaba en la cafetería, con su codo apoyado en el mostrador y su cabeza apoyada en su mano como quien quiere sostener su mundo un poco más si cabe para comunicarnos algo que ni siquiera él adivina todavía. Por eso espera y por eso teníamos que acompañarle en ese adviento, como dice Jenaro Talens, de lo que ya no es, sino palabras, memoria acumulable sobre la superficie del dolor.
Apareció Panero y aquello resultó más caótico que los previos de la creación del mundo. Todo estaba preparado para la conferencia pero hubo que rehacerlo absolutamente todo. Leopoldo nos obligó a reconstruir todo el sistema, a construirlo de nuevo. Leopoldo nos obligó a un re-nacimiento. Aquello sí que me sonó a Literatura como construcción de un mundo, como conocimiento del mundo. Leopoldo María Panero debería ser una asignatura, no sólo para la Historia de la Literatura, sino para las Escuelas de Azafatas de Congresos. Las que allí estaban se volvían locas intentando adivinar si prefería finalmente agua, un refresco o qué insólita bebida para pronunciar su peculiar conferencia, su conferencia de fuego: PROCLAMO EL FIN DE LA POESÍA.
Leopoldo no aguantó mucho tiempo en su silla de conferenciante. Ya se levantaba, ya se sentaba nuevamente, ya abandonaba la sala...ya volvía. Todo en él ya es espectacular (en su sentido etimológico) porque Panero ya es enteramente poesía, y esta es la única forma posible de comprenderlo. Él ya no precisa de lectores sino de espectadores. Sólo su cuerpo habita el psiquiátrico de las Palmas de Gran Canaria porque él es, desde hace ya bastante tiempo, su palabra y su palabra es de fuego, el fuego de un atardecer ebrio que se consume y nos consume sin herir, como dijo el místico de Fontiveros. Hay que ser un niño para entrar en el Reino de los Cielos.
Dos poemas de Leopoldo María Panero
La alucinación de una mano
o la esperanza póstuma y absurda en la caridad de la noche
Una mujer se acercó a mí y en sus ojos
vi todos mis amores derruidos
y me sombró que alguien amase aún el cadáver,
alguien como esa mujer cuyo susurro
repetía en la noche el eco de todos mis mayores aplastados
y me asombró que alguien lamiese en las costras todavía
tercamente la substancia que fue oro,
aquello que el tiempo purificó en nada.
Y la vi como quien ve sin creerla
en el desierto la terrible sospecha del agua,
la amé sin atreverme a creerlo.
Y la ofrecí entonces mi cerebro desnudo,
obsceno como un sapo, obsceno como la vida,
como la paz que para nada sirve
animándola a que día tras día lo tocase
dulcemente con su lengua repitiendo
así una ceremonia cuyo sentido único
es que olvidarlo es sagrado.
Nu(n)ca
Vi cuatro mujeres luchando por los senos de un muerto,
vi cuatro mujeres luchando solas, más tarde,
por la posesión del soplo
y disputando con sus uñas feroces por el Abel Garmín que
abandonaba feliz aquellos huesos.
Hay cuatro mujeres que robaron mi fetidez sensible
y mi podredumbre en el cadáver que aún respiraba lentamente dejando
salir de allí mi alma con su pedo.
Y esos cuatro seres aguardan ahora el resto sanguinolento de mi espíritu
y habito para siempre en la carnicería de sus bocas
y día a día bajo del nido de sus nalgas
para saber entero en lo insensible del tiempo
cuál era el sentido que no aprendí del cielo
como cae debajo la palabra nunca.
Leopoldo María Panero (Madrid, 1948- ), poeta, narrador y ensayista, autor de una importante y desgarrada obra que para muchos le sitúa a la cabeza de los escritores de su generación. Su primer libro de poemas fue Por el camino de Swan (1968), al que siguió Así se fundó Carnaby Street (1970), Teoría (1973), Narciso en el acorde último de las flautas (1979), Dioscuros (1982), Poemas del manicomio de Mondragón (1987), Piedra negra o del temblor y Heroína y otros poemas (ambos de 1992). En prosa ha publicado En lugar del hijo (1972) y Dos relatos y una perversión (1984).
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