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ANTONIO JOSÉ MIALDEA BAENA: PENSAMIENTOS AL MARGEN

Aquí encontraréis algunos pensamientos, en verso y en prosa, que he ido escribiendo con el paso del tiempo.

El Camino de Andrés Talavero Pacheco

Caminando también se construye la obra de arte. La sencilla acción de caminar es, según Andrés Talavero Pacheco (Cáceres, 1967), merecedora de convertirse en arte. El que camina es un ser esencial que a veces puede volar, otras tiene que serpentear y, en ocasiones, se limita a andar. Un año después de exponer sus Serpientes en el Aljibe árabe del Museo Provincial de Cáceres (marzo, 2002), Andrés Talavero camina con nosotros ahora hasta la galería Edgar Neville de Alfafar (Valencia) donde desde el 5 al 30 de junio expondrá los nuevos resultados de este proyecto suyo, ya antiguo, que lleva por nombre Camino.

Camino, que nació en 1988 cuando comenzaron a ser habituales los viajes de Talavero, sus salidas de casa, del estudio por cansancio o por escepticismo ante el mismo arte, se mueve constantemente entre la fotografía y el vídeo, y es descrito por su creador como un continuo meditar, pasear, deambular, como un proceso de relajación permanente del pensamiento, como un mirar al horizonte a medida que alguien se va alejando de la ciudad, de la sociedad, del trabajo, de la moral...La continua actitud evasiva ante lo cotidiano propia de un eremita rebelde, perdido, ausente. Esta es la esencia del camino: ¿existe algún locus amoenus hacia dónde dirigir la creación? Pasear se convirtió así para Andrés Talavero en una actitud de vida y en una actitud ante la vida que persigue fundamentalmente abandonarlo todo: el taller, el objeto, la interpretación, la construcción de imágenes o de artificios que buscan lo existencial. La obra de arte, en esta dinámica continua de pasos, se depura a sí misma y produce un reordenamiento del pensamiento que avanza justo cuando desaparece, como en el poema l’infinito de Leopardi: “... así en esta/ inmensidad se anega mi pensamiento;/ pero es tan dulce naufragar en este mar”. En la obra de Andrés que durante estos días podemos contemplar en Alfafar veremos un ser que va en busca del paisaje hasta que pierde su propia identidad a través de la soledad y la sombra, a través de un simple y preciso momento de luz en el horizonte de un atardecer extremeño. En sus fotos hay quietud pero también deseo de fuga, de huída, de incitación al viaje, a la búsqueda, una invitación inexcusable a practicar, según sus propias palabras, la arqueología de la no presencia, a ser testigos mudos de la propia diégesis o de la ajena, la reencarnación de unos sentimientos de huellas invertidas. Ser, en definitiva, sombra que se vuelve peregrina, alma, sombra vagabunda, intrigante, misteriosa, romántica que configura un paisaje bien distinto al paisaje natural.

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