La obra de san Juan de la Cruz en la historia de la literatura española
Antonio José Mialdea Baena - 04-01-2006 09:38:09 | Categoria: CONFERENCIAS
Conferencia pronunciada en la XXIV Semana Sanjuanista de Úbeda. Miércoles 12 de noviembre de 2003En primer lugar quiero agradecer a los carmelitas descalzos de Úbeda y en especial al P. Antonio Ángel Sánchez esta invitación que yo contemplo en un doble sentido: por un lado, la invitación a volver a esta ciudad de Úbeda a la que tan unido me siento y con cuyos habitantes, algunos de los cuales están hoy aquí presentes, tuve la suerte de compartir algún tiempo de mi vida. Volver a Úbeda, por tanto, desde el territorio de mis sentimientos, es volver a una matriz emocional, a un mundo de recuerdos plagados de personas y de paisajes queridos. Por otro lado, venir a Úbeda a compartir con ustedes algo de lo que voy aprendiendo sobre San Juan de la Cruz constituye un honor extraordinario, y no por quién les habla ahora sino por ustedes mismos que año tras año, como quienes aman con fidelidad inquebrantable, acumulan un sabiduría sanjuanista que, al menos yo, quiero y debo mencionar y apreciar.
Tampoco puedo dejar de mencionar la labor de Aurelio Valladares Reguero, de quien las palabras que pronunciaré esta noche se sienten deudoras. Hace poco más de 10 años, en Jaén, él ya esbozó con su conferencia “San Juan de la Cruz ante la crítica literaria: desde un olvido secular a un reconocimiento universal”, lo que yo he seguido estudiando e investigando desde hace algunos años.
Mi intención durante este tiempo, que espero no sea mucho, en que les voy a decir algo sobre el santo será la de que caminemos juntos durante los siglos XVII, XVIII y XIX para observar cómo Juan de la Cruz va lentamente ingresando en el canon de la literatura española. Porque, créanme, no fue tarea fácil. Quién lo diría, ¿verdad? Hoy que todos estamos acostumbrados a tratar la figura literaria de Juan de la Cruz como una de las cumbres de la literatura no sólo española, sino universal, tenemos que reconocer que pasó bastantes años sin que nadie reparara en la calidad extraordinaria de sus escritos.
Y como ayer uno de mis queridos maestros en la espiritualidad carmelitana, el profesor Salvador Ros, nos recordó la obsesión de San Juan de la Cruz por el número 3, he decidido hacer acompañar al santo por otros dos “monstruos” de nuestra literatura española. Comenzaré pues con Miguel de Cervantes. Y ustedes se preguntarán: ¿por qué? Pues por tres motivos fundamentales que enseguida entenderán. El primero porque como ya saben, en unos meses, celebraremos el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote y no está de más nuestro recuerdo; el segundo porque como también saben Cervantes contextualiza geográficamente algunos capítulos de su obra en estas tierras; y tercero, porque precisamente en uno de esos capítulos de la primera parte del Quijote, concretamente el capítulo 19, parece narrar el traslado de los restos de Juan de la Cruz de Úbeda a Segovia, ciudad donde su cuerpo descansa definitivamente. Es cierto que Cervantes no ofrece el nombre de quien estaba siendo trasladado, pero debido a sus fuertes lazos con la orden carmelitana, cabe la posibilidad de que se estuviese refiriendo al místico carmelita. Y si así fuera, sería la primera vez que alguien menciona al santo en lo que hoy consideramos la historia de nuestra literatura. Dicho queda.
Dividiré mi exposición en cinco apartados: los inicios, Juan de la cruz: primer lector de sí mismo, los destinatarios de sus escritos, los siglos XVII y XVIII y concluiré con el siglo XIX. En los dos primeros realizaremos una especie de flash-back temporal, es decir, hablaremos primero de una etapa posterior a la muerte de san Juan de la Cruz y luego acudiremos un instante a la vida del santo para ver en ambos intervalos temporales qué ocurrió con sus escritos.
1. Los inicios
Cualquiera que consulte el abundantísimo material documental relativo a los procesos de beatificación y canonización de Juan de la Cruz (el tiempo que transcurre podemos situarlo desde mediados del siglo XVII hasta el primer tercio del XVIII) podrá comprobar que en respuesta a la cuestión 21, referida al conocimiento de los preguntados sobre lo escrito por el fraile carmelita, sólo el 20 % conocía que Juan de la Cruz hubiese escrito algo. Pero a esto se añade, además, un cierto topicismo ingenuo y excesivamente ornamentado en la respuesta de este pequeño porcentaje, lo que, sin duda, nos deja sin saber si ciertamente alguien que no perteneciese a los círculos más íntimos del místico de Fontiveros había leído real y efectivamente alguna de las pocas pero intensas páginas redactadas por él. La obra escrita por Juan de la Cruz, que hoy es unánimemente considerada como una de las cumbres de la literatura universal, nació reñida con la misma historia literaria que ni supo ni pudo aceptarla en el momento de su nacimiento como obra no sólo mística o religiosa sino también poética. Para que esta aceptación tuviese lugar tuvieron que transcurrir trescientos años en los que, sin duda, hubo más oscuridad que luz.
Con este inicio de camino externo, público, de la obra literaria del místico carmelita se puede comprender que sus escritos apenas fueran tenidos en consideración por aquellos ilustres varones de los siglos XVII y XVIII encargados de dictaminar sobre quiénes podían ser considerados modelos literarios y quiénes no. Y Juan de la Cruz no fue así considerado. El fraile carmelita, según afirman la mayor parte de los especialistas, entre los que destaco al poeta no hace mucho fallecido José Ángel Valente, que en esta cuestión creo que es el más significativo, representa el punto culminante de la literatura mística y de la misma tradición lírica española y, paradójicamente, nace sin un público lector capaz de soportar no ya lo que el fraile dice en sus versos, sino lo que no dice: el silencio de sus versos y sus versos de silencio, en definitiva, sus lectores no estaban aún preparados para entrar más adentro en la espesura de la poética del silencio con la que Juan revoluciona para siempre la historia universal de la literatura.
Sólo habiendo vivido previamente una experiencia tan radical como la suya se podría de alguna manera haber vislumbrado el alcance semántico de su poesía. Su obra literaria presenta unas condiciones, unas circunstancias, que así lo exigían, lo exigen y lo seguirán exigiendo. Para que sus primeros lectores fueran capaces de vislumbrar el contenido de sus versos se hubiera tenido que producir también una revolución que, sobre todo, hubiese eliminado el miedo a que sus versos pudieran haber dicho algo más que la simple expresión escrita de una experiencia estricta y puramente religiosa en el contexto de la ortodoxia de su época. Pero este miedo subsistió durante mucho tiempo por esa sombra constante, amenazadora, terrorífica, como fue el fenómeno de la Inquisición en España. Si este miedo no hubiese existido, y buena prueba de ello son, por una parte, el intento frustrado de sacar la primera edición de sus obras en 1603, edición que se encargó al P. Tomás de Jesús y, por otra, el hecho de que cuando al fin se publican, quince años después de ese primer intento, el Cántico Espiritual no se encuentra entre las mismas, es posible que el tono que hubiese adoptado la recepción de la obra literaria del místico hubiese sido otro distinto al que la realidad histórica nos ha mostrado. Conviene aquí recordar que la manipulación de un texto puede influir decisivamente en la repercusión posterior del mismo. Sólo un par de mujeres, henchidas de la misma experiencia de amor que Juan y a quien él mismo dedica dos de sus escritos fundamentales, fueron lo suficientemente sagaces para intuir que aquellos poemas, “dislates” los llamó Juan, el Cántico Espiritual, dedicado a la madre Ana de Jesús, y la Llama de Amor Viva, dedicado a Ana de Peñalosa, poseían per se una experiencia de amor inenarrable, insuficiente para el lenguaje, como siglos más tarde afirmaría contundentemente Jorge Guillén. Ana de Jesús y Ana de Peñalosa leyeron los poemas de Juan como quien celebra una fiesta matrimonial, es decir, en clave de amor. Ellas leyeron desde el amor y por eso fueron dos precursoras del placer estético que siglos más tarde producirán los versos del fraile carmelita entre algunos de sus lectores más competentes. Ana de Jesús, que se lleva consigo el Cántico Espiritual en su periplo por tierras francesas y belgas, hace posible en 1622 y en 1627 lo que en España no se consigue hasta 1630: que el Cántico de Juan de la Cruz salga impreso. Así podemos comprender que la recepción de esta obra sanjuanista goce de un favor en tierras centroeuropeas que no obtuvo en tierras españolas y por eso resulta fácil de explicar la insistencia de los especialistas cuando afirman que la manipulación de un texto influye en la recepción del mismo. El filólogo francés Jean Baruzi, cuyo estudio sobre san Juan de la Cruz del año 1924 es clave para entender al místico en el siglo XX, cayó enseguida en la cuenta de que son los estudiosos no españoles los primeros en afrontar el problema de la obra literaria de Juan de la Cruz.
Retrocedamos pues un momento a la época del Juan de la Cruz escritor.
2. Juan de la cruz: primer lector de su obra literaria
Aclaremos algo que, aunque es obvio, conviene recordar: Juan de la Cruz escribió sus poemas cronológicamente antes que los comentarios o glosas a los mismos. Esto, lejos de parecer un dato sin importancia, representa un aspecto fundamental. Juan de la Cruz, al escribir los comentarios en prosa a sus versos se convierte en el primer lector de sí mismo. ¿Por qué escribe Juan las glosas a sus tres grandes poemas (Cántico Espiritual, Noche Oscura y Llama de Amor Viva)? Sin duda, por la necesidad indeclinable, como asegura Eulogio Pacho, de explicar a sus primeros receptores el contenido significativo de sus versos sin salirse, además, del hilo conductor de los poemas. Por eso, redacta sus comentarios siguiendo rigurosamente el orden de los poemas. Cada verso sirve como epígrafe para explicar su contenido. Cierto es que esto constituye la primera lectura de la obra literaria de san Juan de la Cruz, pero el místico sabe de sobra que existe una diferencia fundamental entre lo que ha escrito en poesía y lo que se dispone a explicar en prosa: el lenguaje de aquélla es inefable, el lenguaje de ésta no; el lenguaje de sus versos escapa a su mismo control, el lenguaje de su prosa está controlado por los parámetros bíblicos, filosóficos y teológicos propios de la época histórica en que vivió. Pero aún hay algo más decisivo: Juan de la Cruz lo sabe perfectamente y nos da muestras evidentes. El prólogo que él mismo escribe al Cántico Espiritual es una buena prueba de ello y serviría como magnífico ejemplo pragmático para explicar en qué consiste esto del horizonte de sentido que actualiza cada lector según sus propios condicionantes históricos y sociales. Proponemos el texto:
Por haberse, pues, estas Canciones compuesto en amor de abundante inteligencia mística, no se podrán declarar al justo, ni mi intento será tal, sino sólo dar alguna luz general, pues Vuestra Reverencia así lo ha querido. Y esto tengo por mejor, porque los dichos de amor es mejor declararlos en su anchura, para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu, que abreviarlos a un sentido a que no se acomode todo paladar. Y así, aunque en alguna manera se declaran, no hay para qué atarse a la declaración; porque la sabiduría mística, la cual es por amor, de que las presentes Canciones tratan, no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma, porque es a modo de la fe, en la cual amamos a Dios sin entenderle.
¡Qué visión de futuro! Pocos escritores de su época y de cualquier época son capaces de convertir, en un solo párrafo, toda su obra literaria en un documento plurisignificativo. El místico carmelita abiertamente se declara, en este prólogo, “extratexto” de sus propios versos, es decir, al escribir sus glosas actúa como un lector más, entre los muchos que él sabe que tendrán sus poemas, que se dispone a actualizar por vez primera el contenido multisemántico de sus poesías. Justo en ese instante, san Juan de la Cruz no se considera autor de las liras del Cántico Espiritual, sino mera y simplemente un lector de las mismas. Eso sí, nadie duda de que Juan como lector de sus versos es un lector privilegiado, no sólo por la cercanía temporal con su propio texto (escrito casi en su totalidad en el período en que el carmelita estuvo preso de los calzados en Toledo, o sea, seis años antes que el comentario), sino además porque el “intratexto” admite, sin paliativos, la lectura teológica, mística, divina que Juan escribe a requerimiento de la priora de las carmelitas descalzas de Granada. Juan se convierte así en un lector competente de su obra, pero nunca en un férreo guardián de un significado unívoco. Mejor es no pensar lo que hubiera pasado si san Juan de la Cruz hubiese escrito en este prólogo que el único sentido posible de sus versos sería el contenido en su comentario explicativo. Lo que Juan no hizo lo hizo, sin embargo, la historia posterior durante un período de casi trescientos años. Pero no adelantemos acontecimientos. Volvamos de nuevo a los primeros destinatarios de sus escritos.
3. Los destinatarios de sus escritos
Al acercarnos a la lectura de cualquier obra de la literatura se producen, a nuestro modo de entender, dos fenómenos implicados entre sí pero diferentes: el placer de la lectura y el entender lo que leemos. El placer de leer es, sin duda, una primera forma de entender aunque difusa. Alguien puede no comprender del todo un poema y, sin embargo, disfrutar con su lectura. Este goce estético (“aisthesis” lo llamó Jauss) constituye una primera forma primitiva de comprender un texto literario. Al referirnos a comprender el texto, en un sentido más estricto, sin duda, nos acercamos ya a conceptos como interpretación, hermenéutica. Desde esta disyuntiva, el placer de leer y la hermenéutica del texto, se formó la doble visión con la que los destinatarios de los escritos de Juan recibieron su obra literaria: algunos disfrutaron y otros intentaron, en vano, comprender para lo que, incluso, como dijimos antes, modificaron el texto sanjuanista. Naturalmente, esto influyó decisivamente en la recepción posterior de la obra literaria de Juan de la Cruz.
Luce López-Baralt, en uno de sus últimos estudios dedicados a la obra de Juan de la Cruz, es muy clara: podemos diferenciar, por una parte, entre la recepción del texto sanjuanista a través de Ana de Jesús (destinataria inmediata del Cántico Espiritual) y Ana de Peñalosa (destinataria inmediata de Llama de Amor Viva); y por otra, entre los primeros receptores, fundamentalmente carmelitas, cuyos deseos eran, principalmente, que lo escrito por san Juan de la Cruz no corriese peligro alguno de ser malinterpretado. Las dos visiones, justificadas ambas (la segunda, sobre todo, por el ambiente poco cordial en que se editan las obras del místico carmelita) distan mucho entre sí. La recepción de las dos mujeres a quien Juan de la Cruz dedica el Cántico y la Llama es la recepción de quien se goza en lo que lee porque participa de la misma sintonía de quien escribe. Ellas no lo entienden del todo pero sabemos de la comunión y de la complicidad que Juan mantuvo con ambas mujeres durante su vida. Cedo la palabra a Luce López-Baralt:
Pensemos en el caso de la madre Ana de Jesús (…) el propio san Juan celebra los niveles espirituales altísimos que ha alcanzado su interlocutora en el prólogo al poema que está en trance de dedicarle. Le dice, en un coloquio íntimo cuyos susurros parecería que hubiéramos sorprendido en algún confesionario perdido del siglo XVI, que Dios la “ha llevado más adentro al seno de su amor divino” y que, aunque le falta el “ejercicio de la teología escolástica con que se entienden las verdades divinas, no le falta el de la mística, que se sabe por amor, en que no solamente se saben, mas juntamente se gustan”. El poema singular que le dedica, en efecto, es más para ser “gustado” que “entendido”. El caso de Ana de Peñalosa guarda estrecho paralelo con el de Ana de Jesús (…) Sabe instintivamente que Ana de Peñalosa, como otrora la madre Ana, sabrá leer a su vez entre líneas (…) La naturalidad con la que el Reformador confía sus “dislates” y su agonía expresiva a estas mujeres enteradas es de verdad elocuente: allá en el hondón de su alma –e incluso en lo profundo de su conciencia artística- sabe que la recepción de su obra singularísima está en buenas manos.
Así, en efecto, queda clara la diferencia esencial entre el placer de la lectura, que nunca podrá traicionar el texto, y la hermenéutica textual, ejercicio que siempre arriesga y que, en ocasiones, por arriesgar, acaba por desfigurar el contenido sublime, en este caso, de los versos del carmelita. Uno de los episodios más significativos, en este sentido, y con esto completamos la segunda visión, es el de Fray Agustín Antolínez, el agustino compañero de fray Luis de León, que allá por el primer tercio del siglo XVII se aventuró a sustituir las glosas de los grandes poemas de san Juan de la Cruz por sus propios comentarios, con lo que el texto poético sanjuanista, es cierto, ganó en racionalidad y en univocidad, pero, a buen seguro, perdió mucha fuerza literaria y, por tanto, mermó su capacidad de recepción en el ámbito de la literatura española. Pero es que el asunto llega aún más lejos con el auténtico “plagio” (lo entrecomillamos por ser un concepto de nuestro tiempo) de pasajes enteros de la obra sanjuanista que Jorge Serrano de San José escribe en su obra el solitario contemplativo... de 1616 y que provoca definitivamente la edición de las obras del santo.
Quedan, así, por tanto, definidos los dos grupos de primeros receptores de la obra literaria de san Juan de la Cruz. A partir de aquí, la historia, hasta finales del siglo XIX, se decantó por seguir el segundo tipo de visión, lo que sumió a la obra literaria de san Juan de la Cruz en un túnel de más de trescientos años. La historiografía de la literatura española, salvo contadas ocasiones, apenas tuvo en cuenta lo escrito por el místico como obra de arte literaria.
Vamos pues ahora a decir algo sobre la obra del santo en los siglos XVII y XVIII.
4. Los siglos XVII y XVIII
Este tipo de lectura, centrada más en la interpretación “correcta” del texto sanjuanista que en el sencillo y sublime placer de dejarse arropar por sus poemas, y todo para evitar posibles conflictos en cuanto al significado de sus versos (sobre todo los del Cántico Espiritual), consiguió apartar el nombre de Juan de la Cruz de los circuitos de Retóricas y Poéticas de los siglos XVII y XVIII. Según la opinión de Luce López-Baralt, Juan no concibió su obra para ser objeto de admiración entre las “Poéticas al uso”. Y es cierto: este no es su objetivo fundamental. Su prioridad es transmitir una experiencia para la que el lenguaje le parece insuficiente a cada instante. Pero además de esto, mucho tuvieron que ver también sus primeros lectores que, con el temor, como antes dijimos, de que no se interpretase “correctamente” lo que el carmelita escribió, consiguieron encaminar el sentido de su obra hacia un término en el que lo religioso no dejaba resquicio alguno para el tratamiento literario. Estas son las dos “laderas” que mencionaba Dámaso Alonso al referirse al místico de Fontiveros. Por eso, como en varias ocasiones también nos ha insistido el bibliófilo Rodríguez-Moñino, Juan de la Cruz, ante el público, siempre era el místico pero no el poeta. Lo que, en definitiva consiguieron estos primeros receptores históricos de san Juan de la Cruz fue transmitir ese mismo “temor” a todos lo que, de una u otra forma, desde una u otra ladera, se acercaban a la figura y a la obra de Juan de la Cruz.
Como decimos, la obra escrita del fraile reformador del Carmelo pasó casi desapercibida para las Retóricas y Poéticas del setecientos y del ochocientos español. Y, desde luego, secundando la opinión de Aurelio Valladares, no sería por desconocimiento de su existencia ya que el carmelita descalzo muy pronto se hizo conocido, sobre todo después de su muerte en Úbeda en 1591. A pesar de esto, y durante el largo período de doscientos años, sólo un par de obras, de esta índole, se convierten en la excepción que confirma la regla general, una del siglo XVII y la otra del siglo XVIII. Nos referimos, por una parte, a la Bibliotheca Hispana Nova (1672), el gran catálogo bio-bibliográfico del canónigo sevillano Nicolás Antonio; y por otra, al Teatro histórico-crítico de la elocuencia española (1786-1794) de Antonio Capmany Surís y de Montpalau. Ambos textos son de características muy diferentes: mientras que el primero se dedica sólo a realizar un recorrido por la vida de san Juan de la Cruz y a citar sus escritos (emplea la lengua latina); el segundo, además de esto, explica el contenido de lo escrito por el carmelita descalzo aunque, lógicamente, todavía no alcanza los niveles de compresión que poseemos en la actualidad sobre el texto sanjuanista.
En cuanto a la literatura de creación durante estos dos siglos sólo mencionaremos el certamen literario que se celebró en Lucena (1676) con motivo de la beatificación del reformador carmelita. No contiene, ciertamente, contribuciones literarias de especial importancia para el tema que tratamos pero, al menos, sí nos sirve para reflejar que Juan de la Cruz no era, ni mucho menos, un desconocido en estos ambientes. Destacamos, eso sí, un texto de la parte correspondiente a la justa poética que se celebró el día quinto de dichas fiestas. El texto fue pronunciado por fray Antonio Álvarez Pinto, el franciscano a quien se encargó la presentación del certamen literario:
(...) No es tampoco ajeno de la celebridad presente el celebrar con versos a un santo, poeta tan divino, que escribió en verso todas sus obras. ¡Oh soberano Anfión! a cuyo sonoro estruendo de tu cítara tantas veces se estremecieron, si no los muros de Tebas, las murallas del Olimpo, asomándose a sus baluartes los cortesanos del cielo para oír las dulces cadencias de sus canciones divinas; qué mucho, pues, que en sonoro metro celebre Lucena tus glorias, cuando en el parnaso del cielo están coronadas tus sienes por Orfeo sagrado, en gratitud de que con tus liras explicaste los más escondidos secretos de la divina escritura.
Lo expecional del texto, aunque el autor no sea demasiado consciente de ello, es que en él se unen lo que tantas veces han desunido los siglos XVII, XVIII y XIX: el poeta y el santo, el escritor y el místico, el hombre de Dios y el de los versos. También Sevilla se hizo eco del acontecimiento de la beatificación del fraile carmelita, pero, como en el caso anterior, sin que hayamos podido encontrar contribuciones literarias de gran significación.
Del resto de la literatura de creación no diremos nada más hoy. Lo dejaremos para otra ocasión. Nos adentramos en el siglo XIX.
5. El siglo XIX
Ahora sí. San Juan de la Cruz comienza a abandonar la espantosa “noche oscura” a que se ha visto sometido por parte de la historiografía literaria española. Como botón de muestra, nos basta con leer este pequeño pero significativo texto de 1844 del crítico literario y escritor Alberto Lista a propósito de la influencia del cristianismo en la literatura:
Todas las criaturas llevan en sí mismas el sello de la bondad del Hacedor, y al mismo tiempo el de su propia caducidad, el de su propia nada. San Juan de la Cruz, uno de los mejores poetas que honran nuestra literatura, expresó felicísimamente la primera idea en los siguientes versos: mil gracias derramando...
La obra literaria de Juan de Yepes y Álvarez va dejando de ser esa música callada para convertirse en soledad sonora (propongo los dos oxímoron por la relación que existe entre el tipo de recepción creativa de las dos Anas y la recepción más repetitiva del XIX). En este siglo el santo ingresa de pleno derecho en el canon de la literatura española. Raquel Asún lo resume diciendo que la comprensión artística de Juan de la Cruz se inicia en el siglo XIX y paradójicamente nace fuera del ambiente teológico y eclesial. Posiblemente hoy seguiríamos sin hablar del Juan de la Cruz poeta si no se hubiese producido un fenómeno como el de la desacralización de la Modernidad. Esta desacralización puso al descubierto los riquísimos valores psicológicos, antropológicos, literarios, lingüísticos, filosóficos... de los textos sanjuanistas.
De los distintos críticos literarios que escriben sobre el místico durante la segunda mitad del siglo XIX, escogeremos el que nos parece más significativo: Menéndez Pelayo, porque con su discurso de ingreso en la Real Academia (1881) sitúa a san Juan de la Cruz en la primera fila de la historia literaria de España.
Menéndez Pelayo sigue siendo un personaje un tanto controvertido para los críticos actuales: algunos le achacan su extremado carácter apologista, así como su poca atención al setecientos español. A pesar de esto, nadie duda de su altura y calidad científicas. No estamos en absoluto de acuerdo con José Constantino Nieto cuando dice de Menéndez Pelayo que siendo un crítico seminal en muchos aspectos de la literatura española, sin embargo ha dejado muy poco y además muy confuso por lo que respecta a la poesía de Fray Juan. Claro que es confuso y naturalmente que no se ha explayado en explorar todos los entresijos del logos poético y exegético del místico de Fontiveros, tal y como se está haciendo actualmente. Pero, si exceptuamos los trabajos del carmelita Fray Andrés de la Encarnación en el siglo XVIII, no podemos hablar de una crítica literaria sobre los escritos sanjuanistas anterior a la de Menéndez Pelayo. Sí estamos más en consonancia con José Ángel Valente que, al valorar la labor -escueta pero iluminadora- sanjuanista de don Marcelino, dice que al igual que en otras cosas, para encontrar apreciaciones dignas de mención en el territorio de las letras, es necesario esperar a Menéndez Pelayo en los alrededores del novecientos.
Marcelino Menéndez Pelayo es figura indiscutible en la recuperación de San Juan de la Cruz para el canon literario español. Pero su interés no aparece ex nihilo. Es precisamente un filólogo francés, Alfred Morel-Fatio, quien le anima a redescubrir una parte de la literatura española ciertamente abandonada en España: la mística.
Dentro de este proceso de recuperación, San Juan de la Cruz será convertido por el polígrafo montañés en el príncipe de los poetas españoles, por encima incluso, de poetas como Malón de Chaide, Garcilaso y de fray Luis de León. Es cierto que antes de Menéndez Pelayo ya aparece San Juan de la Cruz en otras historias de la literatura española, retóricas, poéticas y preceptivas. Pero, sin duda, el insigne santanderino es una pieza fundamental en el engranaje de la recepción sanjuanista del siglo XIX y de ahí en adelante hasta nuestros días. Después de su afortunada intervención en la Real Academia en 1881 la obra literaria de san Juan de la Cruz se va a ir convirtiendo progresivamente en una de las cumbres de la literatura universal, a pesar de ser una obra tan pequeña como ya señalaron algunos investigadores.
Terminaré pues con el otro “monstruo” de la literatura que les anuncié al principio. Se trata de unos versos de don Antonio Machado, que tan unido se encuentra también a estas tierras de Úbeda y Baeza, que, de alguna forma, resumen cuanto acabo de decirles:
Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta / y no llega la mar a tu galera
aguarda sin partir y siempre espera
que el arte es largo y, además, no importa.
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