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ANTONIO JOSÉ MIALDEA BAENA: PENSAMIENTOS AL MARGEN

Aquí encontraréis algunos pensamientos, en verso y en prosa, que he ido escribiendo con el paso del tiempo.

El papel del lector en el proceso compartido de la creación

Si usted, amigo lector, no leyó el artículo de Antonio Luis Ginés titulado “El lector: el conocimiento y la diversión”, publicado el jueves 21 de marzo en este mismo suplemento cultural, yo se lo resumo gustosamente. Pero antes, déjeme darle la enhorabuena: si ahora está ejerciendo el acto de leer este artículo ha abandonado usted ese grupo compuesto por un 46 por ciento de españoles (como recientemente ha sacado a la luz un estudio) que no lee nunca o casi nunca –esto del “casi nunca” no acabo de comprenderlo bien- Así que reciba usted mis más sinceras felicitaciones y en recuerdo amargo del tiempo en que usted formó parte de ese 46 por ciento, me dispongo a resumir las palabras de Antonio Luis Ginés. En tres partes se puede dividir el artículo de Ginés: la primera hace hincapié en la importancia de la colaboración estrecha y coordinada entre las distintas estructuras educativas (familia, escuela...) para que el niño no deje de ser “lector” al llegar a la adolescencia; en la segunda, realiza una pequeña incursión en el papel que ha jugado el lector a lo largo de la historia de la literatura; y en la tercera y última parte de su artículo se dedica a centrar su atención sobre el papel del escritor y del lector en la actualidad, haciendo fuerza sobre todo en una serie de epígrafes que nos cuentan lo que el lector espera cuando se acerca a leer. Este era grosso modo el contenido del citado artículo.
Me pareció tan sugerente la aportación de Ginés que no sería bueno dejar pasar la oportunidad de seguir ahondando algo más en estas cuestiones, sobre todo en la que más me concierne por mi actividad investigadora, es decir, el papel del lector en la historia de la literatura, es decir, la que Ginés esboza en la segunda parte de su escrito.
Que el lector sea importante para la literatura y para su historiografía es una cuestión de estas que llamamos tautológicas, o sea, que lo mejor es no dudar siquiera. Ya dijo Ricardo Senabre allá por el año 1987, en su conocido libro Literatura y Público (Madrid, Paraninfo, 1987), que “la literatura sólo existe como tal en cuanto alcanza a su destinatario: el público” (pág. 15). Ahora bien, la conciencia del papel protagonista que este lector ejerce en el proceso comunicativo que se produce conjuntamente con el autor y con el texto es una cuestión que no tiene demasiados años y que aún sigue vigente en la investigación teórica de la literatura. Si nos remontamos hasta el último tercio del siglo XIX, podemos dividir en tres los períodos según quién haya tomado el protagonismo en el citado proceso comunicativo. Así, desde el último tercio del siglo XIX hasta finales del primer tercio del siglo XX podremos observar cómo se ha dado preponderancia a la figura del autor. En este período la crítica literaria es esencialmente biográfica. Hasta los años 60 del pasado siglo, el protagonismo de este proceso comunicativo lo adquiere el texto. Llegamos de esta forma a un movimiento, no sólo literario sino artístico en general, llamado Estructuralismo, que en su vertiente literaria, fue más conocido como Formalismo. Nació en Rusia a través de dos grupos de investigadores: el Círculo Lingüístico de Moscú y la Sociedad para el Estudio de la Lengua Poética (OPOJAZ). Para estos teóricos de la Literatura, la obra, el texto tiene realidad en sí mismo, posee una especificidad propia. El texto, una vez escrito, adquiere autonomía, voz propia, y así, desde esta perspectiva, hay que analizarlo. Por último, a partir de los años 60 y situados geográficamente en Alemania (Escuela de Constanza), el protagonismo de la historiografía literaria lo adquiere la figura del LECTOR, sin que se pretenda anular la figura del autor o del mismo texto, sino, antes al contrario, persiguiendo la integración de todos estos elementos. Desde que el lector se ha convertido en figura esencial para la crítica literaria han cobrado importancia conceptos muy interesantes como el que Antonio Luis Ginés apunta en su artículo: el proceso compartido de la creación. Voy a recordar un fragmento del artículo de Ginés para situarnos correctamente:
"En el instante en que el autor deja un espacio para que maniobre el lector, y éste último deja de ser un simple consumidor sin que participe de una búsqueda común, el panorama va a cambiar. El libro se cierra y el proceso de creación no se detiene, sigue en marcha. El autor pierde un protagonismo excesivo del que venía haciendo gala a favor no sólo del lector, sino del proceso global de la lectura y de la creación. A esto hay que añadir serios acercamientos por parte del autor, manifestados en un lenguaje más asequible, alejándose de terrenos oscuros que no facilitan precisamente la conexión entre ambas partes”.
El proceso compartido de la creación. ¿En qué consiste este proceso? Antes de poner un ejemplo literario, voy a proponer un ejemplo televisivo y más cotidiano que seguro entenderemos mejor. A todos nos sorprendía hace tiempo observar la interminable lista de capítulos de que estaban compuestos los que conocemos familiarmente como “culebrones televisivos”. Yo mismo quedaba asombrado por la capacidad imaginativa de los guionistas de estas telenovelas, capaces de escribir cientos y cientos de guiones para una sola serie. Por eso, y a raíz de mi propia labor investigadora en terrenos literarios, pregunté por el sistema. Y resultó ser más sencillo de lo que en un principio pensaba. Cada día una serie de encuestadores salen a la calle con el objetivo de obtener respuestas de los ciudadanos a una serie de preguntas sobre los personajes de una telenovela en cuestión. Dichas preguntas giran siempre en torno al destino de cada personaje del “culebrón”. Así, al igual que propusieron algunos teóricos como Tesniére, Greimas, Propp, Bremond, etc., a propósito de la estructura de los cuentos, somos los espectadores los que vamos configurando la forma de ser y el destino de cada uno de los protagonistas de dichas telenovelas: siempre hay un “bueno” y un “malo”, los que ayudan a la consecución del bien y los que se oponen a tal consecución, etc. Y de esta forma más lógica y comprensible se produce un proceso compartido de creación en el que resulta fácil que con cada una de estas novelas se alcance un número elevadísimo de entregas para ocio del espectador que, de esta forma, casi imperceptible, se integra en el ciclo comunicativo viendo en televisión su propia aportación creativa, es decir, ve lo que desea ver. Ahora que nos ha dejado Gadamer, el padre de la hermenéutica de la integración, podríamos decir –valga como homenaje personal-, empleando un concepto suyo (usado también por Mannheim) que el “culebrón” no tiene otra función que cumplir el “horizonte de expectativas” del propio televidente, es decir, saciar los gustos, deseos y preferencias de los posibles espectadores. Pues algo parecido ocurre con los textos literarios, pero con una diferencia fundamental: el proceso compartido de creación no es simultáneo en el tiempo. Acudiendo de nuevo a la cita anteriormente expuesta, el libro se cierra y es a partir de aquí cuando comienza su andadura en las manos de lector. Lo que posibilita que un texto literario siga su proceso de creación a través del tiempo son esos “espacios” que el autor deja en el texto para que el lector comience a maniobrar (“huecos de indeterminación” o “vacíos”, en un lenguaje algo más técnico). ¿Qué son esos “espacios”, “huecos de indeterminación” o “vacíos”? Ni más ni menos que la concreción de las virtualidades del propio texto. Me explico. Es muy probable que cuando un escritor escribe su obra la esté escribiendo para un público determinado, normalmente de su propia época. Pero a veces, consciente o inconscientemente, lo hace también para lectores de tiempos futuros (por eso llamamos “clásica” a una obra literaria), lectores (que para el autor se encuentran“implícitos” –en un lenguaje más actual diríamos “virtuales”-) que mantienen un diálogo con un texto que es capaz de adaptarse a cada contexto histórico. Un ejemplo de nuestra propia historia literaria para desenmarañar la teoría: la obra literaria de san Juan de la Cruz. La pregunta es: ¿Por qué esta obra literaria que nace a finales del siglo XVI no es considerada “literaria” en España hasta finales del siglo XIX, sobre todo con la ayuda inestimable de Menéndez Pelayo? La respuesta es clara: porque aún no habían nacido posiblemente los lectores que tuviesen la información necesaria para comprenderla en toda su virtualidad de sentido. Tenemos así un texto literario que ha pasado casi desapercibido durante trescientos años y que desde finales del siglo XIX y sobre todo en el XX empieza a ser valorado, estudiado, comprendido. Hasta entonces se consideraba “oscuro” o sencillamente era ignorado. ¿No era el mismo texto literario el que nació de las manos del místico carmelita que el que ahora leemos? Sí, es el mismo texto, pero los lectores no somos los mismos. Ahora tenemos más claves históricas para comprender dicho texto y esto es precisamente lo que hace posible que compartamos, en unión con el autor, el proceso de creación de su obra literaria. Nos convertimos así en co-autores del texto. Busquen más ejemplos que “haberlos haylos”.
Este es, pues, el papel esencial del lector en el proceso compartido de la creación literaria. Estas notas sólo pretendían complementar y ayudar a entender mejor el artículo de Antonio Luis Ginés, al tiempo que pueden servir para profundizar algo más en el tema que en la actualidad se puede considerar “estrella” de la crítica literaria.

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