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ANTONIO JOSÉ MIALDEA BAENA: PENSAMIENTOS AL MARGEN

Aquí encontraréis algunos pensamientos, en verso y en prosa, que he ido escribiendo con el paso del tiempo.

MORIR EN MITAD DE UN VERSO

Con esta sugerente expresión Salvador Ros, especialista en san Juan de la Cruz, nos recordaba no hace mucho tiempo cómo aconteció la muerte de uno de los más grandes poetas de todos los tiempos. San Juan de la cruz murió en mitad de un verso, de un verso del Cantar de los Cantares: “¡Que me bese con los besos de su boca!/ Mejores son que el vino tus amores…” Cierto es que el fraile carmelita se cansó de escuchar el tradicional De profundis con el que se oraba delante del moribundo. Él, que había vivido una profunda historia de amor, quería también morir en coordenadas de amor, morir de amor. Por eso prefirió escuchar los cantares de Salomón.

Y recordando la sentencia de Salvador Ros, Antonio Ángel Sánchez Cabezas, joven carmelita descalzo cordobés, especialista, igualmente, en el místico de Fontiveros, nos volvía placentera una tarde fría en Úbeda, donde, año tras año –y ya van 25-, se celebra la semana dedicada a estudiar la figura y la obra del hombre que con sus poco más de mil versos fue poco a poco dejando sin palabras a la mismísima poesía. La poesía también muere de amor antes los versos de fray Juan.

El punto fundamental por el que Antonio Ángel Sánchez nos convocaba en esa tarde parda y fría, que tan bien conoció D. Antonio Machado, consistió en desmitificar, suave pero contundentemente, algunos aspectos de la vida de san Juan de la Cruz, más propios de labores hagiográficas (producto de la religiosidad de los siglos XVII y XVIII) que biográficas e historiográficas, y que además resultan ser tópicos en cualquier vida de un santo que se precie. La vida de fray Juan resultó ser más sencilla y sobre todo, desconocida, de lo que hasta ahora nos han relatado sus biógrafos o hagiógrafos. El joven carmelita cordobés fue dejando lentamente desnudo al fraile de las ínsulas extrañas, despojándolo de esa santidad común a la de muchos otros santos, centralizada en una misma taxonomía de milagros, apariciones, curaciones, etc. Y lo curioso es que a medida en que iba desnudando al autor del Cántico Espiritual lo iba dotando de una santidad diferente, de una santidad basada en la humildad del corazón y en la desnudez del alma, más que en la fastuosidad del milagro o del acontecimiento cuasi mágico. Sin duda, más acorde al tipo de santidad que proclamó el místico de Fontiveros: “el amor no consiste en sentir grandes cosas, sino en tener gran desnudez” (Dichos de luz y amor, núm 119). Es, precisamente, esta desnudez la que fortalece sobremanera los versos del reformador carmelita, que, lejos de desvanecerse en el olvido, cobran día a día una renovada actualidad gracias a la capacidad multisignificativa que ellos, per se, contienen.

Esa tarde parda y fría, casi ya de invierno, la monotonía de la lluvia tras los cristales del Hospital de Santiago de Úbeda se vio sorprendida con la claridad del timbre sonoro y hueco del carmelita descalzo Antonio Ángel Sánchez Cabezas que supo despojar a san Juan de la Cruz de todos los malos ropajes que lo han ido envolviendo durante más de cuatrocientos años A fin de cuentas, del fraile carmelita sólo queremos su desnudez y su verso para que la fuente se quede cristalina y podamos llegar al puerto donde este poeta inmenso llegó: al puerto del silencio.

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