POESÍA EN ESPAÑA
Antonio José Mialdea Baena - 07-06-2005 21:51:19 | Categoria: artículos divulgativos
En 1986, J. Hillis Miller, dirigiéndose a los miembros de la MLA (Asociación Americana de Lenguas Moderna), afirmó que “nuestra cultura común, por mucho que quisiéramos que no fuera así, es cada vez menos una cultura del libro y cada vez más una cultura del cine, de la televisión y de la música popular”. Si bien es cierto que Hillis pronunciaba estas palabras ante un público americano, todos sabemos que aquello que en Norteamérica ocurre, se suele repetir diez o quince años después en Europa, es decir, que el discurso del presidente de la MLA tendría hoy su justa validez en países como el nuestro. Y aquí están los datos de todo lo que conlleva la cultura del libro en España. Entre julio del año 2003 y julio de 2004 se publicaron en nuestro país, según los últimos informes oficiales conocidos con referencia al sector, cerca de ochenta mil libros (hemos duplicado la cantidad respecto de 1991). Al mismo tiempo, soportamos estoicamente que el informe PISA del año pasado (Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes) nos recordase vehementemente que los jóvenes españoles (hasta los quince años) son los que menos leen de toda Europa. Lo que hace que esta cifra y este preocupante dato no supongan una paradoja (porque aún podemos hoy afirmar que la función primordial de un libro es su lectura) es que, al menos, los anuarios estadísticos sobre la población española concluyen que, si no ponemos remedio, la edad media de nuestra población ha dejado de ser joven (un reciente estudio afirma que en el 2020 las “abuelas” de 70 años dominarán España). Aún así no deja de asombrarme tampoco otra cifra escalofriante: un 42% de la población española (entre 16 y 44 años) no lee nunca. Con este panorama, menos mal que todavía hemos tenido la juventud justa y un porcentaje de lectores digno para celebrar el cuarto centenario de la publicación del Quijote, porque quién sabe si en el próximo alguien recordará siquiera quién era este personaje, o quién era Cervantes, o acaso, incluso, qué era un libro.Hasta que lleguemos a ese momento, podemos decir entonces que, excluyendo a una buena mayoría de los jóvenes españoles, y al 42% de adultos que nunca leen, el resto de la población lee o presumimos que debe leer “a espuertas” (para que se hagan una ligera idea: según el informe de tiradas editoriales, a cada español, de los que lee, le corresponden actualmente 6,27 libros al año) porque si no ¿cómo se entiende tamaña cantidad de publicaciones (casi todas, atención, desde el sector privado) para tan poca cantidad de lectores?
Parece pues que no nos hemos equivocado al pensar que el discurso que Hillis pronunciaba en el 86 del pasado siglo cobra hoy vigencia en nuestro Estado. Cada vez se lee menos, cada vez incluso hay una menor población dispuesta o con deseos de leer, pero, por el contrario, el número de publicaciones anuales no sólo no disminuye, sino que aumenta cada año con mayor intensidad.
Los mismos datos a los que nos hemos referido anteriormente señalan que de todos estos libros publicados, catorce mil son los dedicados exclusivamente a la creación literaria (casi un 20%), incluyendo traducciones al español de otras lenguas. Y de éstos, ni siquiera un tercio corresponde a las publicaciones de poesía. En resumen, de 80.000 libros anuales, sólo una mínima cantidad dedican las editoriales a la publicación de poesía. No sé yo quién inventó eso de que la poesía es el motor del mundo, porque sin duda que debieron ser otros tiempos más propicios cuando se acuñó este adagio. Hoy quiero detenerme precisamente en este asunto de la poesía en España, concretamente en la publicación de libros de poesía.
Dejemos ya los números y vayamos con las letras y partamos de dos premisas, la primera es teórica, la segunda, de mercado. La primera dice que para que exista físicamente un libro, en este caso de poesía, se necesitarían grosso modo, según los últimos románticos de la literatura, tres elementos: un autor, el texto y el lector. Yo, menos romántico quizás, añado, sin valicar un ápice, otro elemento: el editor. La segunda premisa, que enlaza directamente con el elemento editor, es, como antes señalé, una regla de mercado comúnmente aceptada hoy por todos, los poetas, los editores y los lectores: “La poesía no vende”, aunque todo el mundo la valora en gran medida. Que no se engañen los lectores porque esto no es de ahora. Es curioso observar que, en este sentido, no ha cambiado demasiado la edición de poesía en nuestra actual España que la de hace cuatro siglos. La única diferencia notable, créanme, es que se ha perdido la costumbre de antaño de realizar multitud de copias manuscritas que corrían de mano en mano (porque resultaba más fácil que con la prosa y porque además gozaba de más prestigio que ésta: el mismo Cervantes se lamentaba de no haber sido poeta), eso sí, con el consiguiente peligro de un plagio, del que por aquel entonces, la verdad sea dicha, tampoco se tenía demasiada conciencia, a diferencia de lo que actualmente ocurre.
Desde las dos premisas que he expuesto y si comenzamos comparando en términos de actualidad, la narrativa, en este terreno pedregoso del mercado editorial, le ha ganado, de momento, la batalla a la poesía. Atrévase usted querido lector en estos tiempos que corren a contarle a algún amigo o amiga que se dedica a escribir poesía...Por otro lado, basta con echar un vistazo a las novedades editoriales o a las listas de los libros más vendidos. El hecho parece evidente. La preguntas se nos muestran obvias: ¿Qué ha ocurrido? ¿Se ha dejado de escribir poesía? ¿Acaso han desaparecido todos sus lectores? ¿Han tomado los versos otros vehículos de comunicación?
El panorama poético actual deja, pues, poco espacio para la duda: las grandes editoriales suelen hacer caso omiso a los poetas, a no ser que éstos pernocten ya en las cumbres del parnaso (igual que ocurría en la obra de Eco El péndulo de Foucault). Cualquier otro individuo que fabrique versos y crea en ellos tiene que buscarse la vida por variados y variopintos caminos si quiere que aquéllos vean la luz pública. A propósito de esto, hace algún tiempo leí una columna sobre una reciente publicación poética cordobesa patrocinada por una institución política en la que el autor señalaba a manera de crítica que los poetas son capaces hasta de aliarse con el poder para dar salida a los versos propios e, incluso, a los de los amiguetes (asunto que no vayan a pensar los lectores que, al igual que líneas arriba les comenté, es nuevo porque el sevillano Fernando de Herrera ya lo hizo a finales del siglo XVI). La pregunta que formularía, y que antes apunté, es la siguiente: ¿hemos dejado otros caminos a la poesía que no sean éstos, los caminos de la autopublicación, los caminos de las alianzas con las instituciones de poder, los caminos de los concursos (suponiendo que quede alguno en el que el premio no esté concedido de antemano)?
Desde luego sí podemos afirmar que en España, por muy difícil que se encuentre el camino editorial, no se ha dejado de escribir a ritmo de verso. Pero que no se haya dejado de escribir no implica, necesariamente, que no se haya dejado de leer poesía. Si la editoriales han dejado de acoger e impulsar el esfuerzo literario de los poetas es, en parte, porque el número de lectores cuyas preferencias sean poéticas ha disminuido considerablemente. Propongo ahora a los lectores dos ejemplos que constrastan dos opiniones distintas: hace ya un año, leí algo escrito por Manuel Borrás (editor de Pre-textos) con motivo de la celebración de “Cosmopoética” en la capital cordobesa: “si pocos son los que escriben poesía, menos son quienes la leen”. Esto se podría entender de dos maneras: Borrás lo entiende desde el punto de vista de un público siempre minoritario, que no pesimista, que se acerca a escudriñar versos; pero también se puede entender desde una simple operación de mercado: si no hay demanda, la oferta disminuye o desaparece y, por tanto, las editoriales, que como cualquier otra empresa existen, entre otros asuntos, para generar dinero, dejan de interesarse por los poetas. Luis García Montero, por citar un ejemplo de la otra ladera, la del escritor, afirma, sin embargo: “La edición de poesía en España ha demostrado que el género cuenta con sus lectores, y que de un buen libro se pueden editar 25.000 ejemplares. Cuando la poesía reflexiona en serio sobre la vida de la gente, la gente se interesa por la poesía. Esto no quiere decir que haya que popularizar el género, degradando su rigor. Pero yo no comparto una idea de la poesía y de la gente que obligue a publicar ediciones secretas del 1000 ejemplares, en una lengua hablada por muchos millones de habitantes. ¿Es que no hay 25.000 personas capaces de interesarse por la poesía? La poesía en España vive un buen momento, con buenos libros, editoriales que hacen ediciones dignas, magníficas traducciones y un sector de lectores cada vez más amplio”*.
Esta es, en suma, la situación que la poesía vive actualmente en España, una situación bastante paradójica. Creo, en cualquier caso, que los poetas lo tienen algo más dificultoso que los narradores y si, además, eres poeta novel no te quedan otras alternativas que abandonar la autopista y tomar caminos secundarios y vecinales, casi nunca garantes de objetividad, que al menos te siguen ofreciendo la posibilidad de compartir con el lector o el oyente el fruto de tus reflexiones: concursos, lecturas poéticas en el “bareto de turno”, publicaciones auspiciadas por mil y una instituciones políticas que en ocasiones se decantan por el camino de la poesía porque hay que “gastar” los fondos, la autopublicación o publicación financiada por el propio autor en editoriales de nivel medio que encima defienden a ultranza su defensa de los nuevos valores de la poesía. ¡Ah! Se me olvidaba: siempre te quedarán las celebraciones matrimoniales de tus amigos donde podrás dar rienda suelta a alguno de tus versos...si te dejan, claro.
*http://www.literaturas.com/Luisgarciamontero.htm
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