De forma diferente a lo que ocurrió en los siglos XVII y XVIII, durante el siglo XIX los escritos de san Juan de la Cruz comenzaron a despertar gran interés no sólo como obra espiritual o religiosa sino también como obra literaria. Se puede afirmar que, a lo largo de este siglo, pasaron a formar parte del canon de la literatura española. Lo que pretendemos en estas páginas es repasar, grosso modo, el camino seguido por el místico carmelita a través de la historia literaria española de esta centuria.
1. Introducción
Una de las posibles formas de acercarse a la investigación de la teoría de la literatura consiste en hacerlo a través de las aportaciones de los lectores y de sus respectivas lecturas. Ocurre que no siempre podremos conocer la lectura que realiza un determinado lector, pero otras veces, sin embargo, sí está a nuestro alcance analizar qué lectura se ha realizado de una determinada obra literaria y, además, poder diferenciar si la lectura es crítica o creativa. Para estos tres casos que acabamos de mencionar utilizaremos la terminología de Moog-Crünewald, que distingue entre los lectores pasivos, los reproductivos y los productivos . Los primeros serían aquellos que no han expuesto públicamente su opinión sobre una determinada obra, los segundos son aquellos que forman el grupo de la crítica, y los últimos son aquellos que de alguna u otra manera se han dejado influenciar por una obra literaria para crear la suya propia.
De esta forma nos acercaremos a la recepción de la obra literaria de san Juan de la Cruz durante el siglo XIX. Prácticamente, desde la muerte del carmelita (1591) hasta comienzos del siglo XIX sólo encontraremos lectores pasivos de los versos del místico. Son varias las razones por las que no encontraremos otro tipo de lectura de su obra. Sólo señalaremos la que creemos que más ha marcado este desencuentro: los escritos de san Juan de la Cruz eran considerados la obra de un místico y no la de un poeta, por tanto, no tenían un sitio en el parnaso de la literatura española. Afortunadamente, a partir del siglo XIX el panorama cambia radicalmente y poco a poco los poemas del carmelita de Fontiveros llegarán a ser considerados una de las obras cumbres de la literatura española. Como resume Raquel Asún: La comprensión artística de la obra del santo se inició en el siglo XIX . El antecedente más importante lo encontramos en una obra de finales del siglo XVIII: El Teatro histórico-crítico de la eloquencia española, obra escrita por Antonio Capmany Surís y de Montpalau entre 1786-1794 . Allí, san Juan de la Cruz comienza a ser considerado un poeta y no sólo un místico o un espiritual. No obstante, Capmany disculpa al carmelita delante de los lectores por su “extraordinaria y oscura expresión” ya que la mística, según él, poseía una especial licencia para “vestir las frases con nueva y extraña librea”. A partir de aquí, el santo doctor comienza sus apariciones públicas tanto en las primeras historias de la literatura española y en obras de crítica literaria, así como también en obras de creación donde su huella se deja sentir, a veces de forma más latente, a veces más patente. A estos tres grupos dedicaremos las páginas que siguen.
2. San Juan de la Cruz y las primeras Historias de la Literatura Española
Se puede afirmar que la consideración de san Juan de la Cruz como poeta nace al tiempo que la historiografía de la literatura española. El místico, como señala Raquel Asún , nace, curiosamente, para la historia de la literatura española por el movimiento de desacralización que se produce en la Edad Moderna. La historiografía de la literatura española surge por otros derroteros. Hagamos un breve repaso. En 1786, y debido al interés creciente de esta ciencia en el mundo universitario, se crea la primera cátedra de historia de la literatura española en los Reales Estudios de San Isidro de Madrid , aunque hemos de tener en cuenta que el concepto de literatura conlleva en sí mismo todavía un marcado carácter enciclopédico, carácter del que poco a poco se irá alejando buscando su propia especificidad y estatuto científico. Durante los siglos XVII y XVIII abundan las retóricas y poéticas (de las que San Juan de la Cruz no participa) pero prácticamente no podemos hablar de tratados sobre historia de la literatura española, si exceptuamos, naturalmente los casos del Abate Juan Andrés y de Francisco Javier Lampillas , que, por supuesto, consideran la "literatura" dentro de ese marco enciclopédico al que antes aludíamos y que son excepciones dentro de la norma general de los escritos sobre literatura en este tiempo.
Como decimos, la historia de la literatura española va cobrando independencia en las aulas universitarias españolas. Esto trae consigo cambios esenciales respecto a la producción bibliográfica. Desde el momento en que a la historia de la literatura española se le otorga estatuto de independencia, comienzan a surgir tratados dedicados exclusivamente a este tema. Deberíamos diferenciar, eso sí, los escritos por españoles y los escritos por estudiosos de otras nacionalidades. Algunos de éstos son, incluso, cronológicamente anteriores a los tratados escritos por españoles .
La primera historia de la literatura española , en sentido estricto , que conocemos (además de ser considerada un florilegium), es la Bibliotheca hispana del canónigo sevillano Nicolás Antonio y sus posteriores ediciones corregidas y aumentadas, a las que ya hemos hecho suficiente mención en el capítulo que hemos dedicado al siglo XVII, con sus dos partes bien conocidas, la Nova (1672), que se ocupa de las obras aparecidas entre 1500 y 1672 y la Vetus (1696, obra póstuma), que lo hace de las publicadas hasta 1500, incluyendo la literatura portuguesa. En segundo lugar, nos encontramos con Pierre Daniel-Huet (1630-1721) y su Traité de l`origine des Romans (1670) en el que realiza interesantes observaciones sobre la "poesía popular" española. Más adelante, es justo mencionar a Francisco Saverio Quadrio (1695-1756) que reserva un importante espacio a la historia de la literatura española en su obra Historia de la razón de cada poesía (publicada entre 1739 y 1752). Saverio Betinelli (1718-1808) en su obra Resurgimiento de Italia en los estudios, en las artes (1775) contiene episodios valiosos sobre literatura española, pero olvida una etapa fundamental como lo fue el Siglo de Oro, del cual no menciona a ningún escritor. Si continuamos avanzando, nos topamos de lleno con la obra de Girolamo Tiraboschi Storia della letteratura italiana (escrita desde 1772 hasta 1781 y corregida entre 1787 y 1794) y en la que se hace a España la principal responsable de la decadencia del gusto europeo y especialmente, del italiano.
Frente a Betinelli y a Tiraboschi, desempeñaron un gran papel dos de los muchos jesuitas expulsados de España durante el siglo XVIII y que se afincaron en Italia : Javier Llampillas (1731-1810) y Juan Andrés (1740-1817), ya mencionados con anterioridad. El primero escribe su Saggio storico apologetico (publicado en 1778, con edición española entre 1782 y 1786) con claras intenciones apologéticas. El segundo, publica también en Italia su obra Dell`origine, progresso e stato attuale d`ogni letteratura (1782-1798) consagrando un amplio espacio a la historia de la literatura española (la edición española de esta obra se escribe entre 1784 y 1806).
Volviendo nuevamente a territorio español, y a sabiendas de que no constituye ningún tratado estructurado y sistemático, tenemos la obra titulada Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles (1775. Edición póstuma) de Fray Martín Sarmiento, conocido seudónimo de Pedro José García Balboa (1695-1772). Su obra tiene una clara fuente de inspiración: la Historia literaria de España (editada entre los años 1766 y 1791) de los hermanos Fray Rafael y Fray Pedro Rodríguez Mohedano. Lástima que con los diez volúmenes de que consta este monumental escrito sólo se llegase hasta la época de Lucano. Dejando de lado a otros autores (Vicente Ximeno, Francisco de Latassa, Casiri, Agustín Montiano, Juan de Iriarte, Miguel de San José, López de Sedano, Tomás Antonio Sánchez, Ramón Fernández...), para no hacer demasiado extenso este comentario, llegamos hasta el Teatro histórico-crítico de la elocuencia española (1786) de Antonio Capmany Surís y de Montpalau (1742-1813), obra en la que nos encontramos con una magnífica colección de fragmentos literarios comentados, entre los cuales, aparece brevemente, como ya hemos dicho con anterioridad, el protagonista de nuestro estudio.
En este punto, que podemos considerar de inflexión dada la importancia en los terrenos filológico-literarios de Capmany, reconocida no hace demasiado tiempo , se inaugura un período prácticamente dominado por autores extranjeros y que coincide además con el pleno ingreso en el Romanticismo, etapa que se interesó profundamente por la historia de la literatura, especialmente la española: Herder (1744-1803), Schlegel (1772-1829), Simonde de Sismondi (1773-1842), Bouterwek (1765-1828), George Ticknor (1791-1871), Adolf Friedrich von Schack (1815-1896). El primero, entre su inmensa producción bibliográfica, dedica unas páginas a la literatura española en los siguientes títulos: Über Ossian und die Lieder alter Völker (1773), Stimmen der Völker in Liedern (1799), Früchte aus den sogennanten goldenen Zeiten des XVIII Jahrhundert (1801-1803). Del segundo autor citado, destacamos Historia de la literatura antigua y moderna (1812). Del tercero, De la literatura de Europa meridional. Los tres autores que faltan son, sin duda, de los más importantes historiadores de la literatura de comienzos del siglo XIX. Bouterwek escribe entre los años 1801-1819 la obra Geschichte der neueren Poesie und Beredsamkeit seit dem Ende der Dreizehnten Jahrhunderts , escrito que se escapa de la órbita romántica ya que no parece prestar atención a la biografía de los distintos autores que van apareciendo desde el siglo XIII. En cambio, sí hace mayor hincapié en los "progresos" que cada etapa literaria va consiguiendo para su mayor "perfeccionamiento estético". La obra de Ticknor, titulada History of Spanish Literature (1849), aunque con algunos errores de organización en cuanto a las materias tratadas, es uno de lo mejores intentos de historia de la literatura española en el siglo XIX, una buena mezcla de los métodos histórico y positivista, imperantes por estos años . Además, encontramos en ella datos relativos a San Juan de la Cruz . El último de los autores citados, Adolf Friedrich von Schack, escribe, también entre 1843-1846, la obra titulada Geschichte der dramatischen Kunst und Literatur in Spanien . Una de la cuestiones en las que más acierta este autor es en hacernos caer en la cuenta de la necesidad que tienen algunos de los poetas españoles de ser tratados de forma más extensa y profunda:
Toda esta parte de la historia de la poesía española, de que Bouterweeck habla ligera y superficialmente, espera hasta aqui á un historiador que la estudie y exponga como es debido. Ya la Floresta, de Böhl de Faber, ofrece ricos materiales, no aprovechados, sin embargo, tanto por sus noticias bibliográficas, cuanto por los ejemplos que cita; y á pesar de esto, el compilador que quiera proseguir este curioso trabajo, encontrará todavía rica y no segada cosecha.
Aunque el conde de Schack se refiera en esta nota a pie de página a Böhl de Faber, en el texto está escribiendo sobre Salas, Malón de Chaide y Juan de la Cruz, tres poetas a los que califica como:
[...] de unción verdadera y profundo sentimiento religioso [...] Si se echa una ojeada al conjunto de producciones que estos vates escribieron, ó nos sentimos arrebatados por la sencillez y verdadera poesía de sus romances y cantos, imitando al antiguo estilo nacional, ó por la dulzura y rotundidad de su lenguaje, que tomó por modelo al italiano, pudiendo dudarse si hay otras naciones que ofrezcan tantos y tan excelentes líricos [...]
Después de la incursión en la literatura española de estos grandes historiadores, ingresamos en una etapa en la que nuevamente son los historiadores españoles los encargados de tomar el pulso a la todavía "adolescente" historiografía literaria española. Y son, principalmente, tres los grandes maestros que destacan en este período: José Amador de los Ríos (1818-1878), Manuel Milá y Fontanals (1818-1884) y Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) que, sin duda, se convertirá en el máximo exponente de la crítica literaria española de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. Y, precisamente, es a partir de mediados del siglo XIX cuando San Juan de la Cruz pasa a ser figura indiscutible en la historia de la literatura española. Todavía, es cierto, pasará mucho tiempo hasta que la figura del santo carmelita sea estudiada en profundidad y con mecanismos filológicos y literarios apropiados. Pero, a pesar de las deficiencias, Juan de la Cruz comienza a ser considerado una de las máximas cumbres de la literatura española.
Igual que en Milá y Fontanals y en Menéndez Pelayo, también podemos encontrar a san Juan de la Cruz en las historias de la literatura española escritas por Antonio Gil de Zárate , Salvador Arpa y López , Francisco Sánchez de Castro , Rafael Cano , Luis Rodríguez Miguel , Manuel de la Revilla y Pedro Alcántara , Prudencio Mudarra y Párraga , entre otros. El tratamiento que se hace de la figura y obra de san Juan de la Cruz es muy similar en todas ellas: versificación descuidada, oscuridad en la expresión, imágenes bellísimas, su poesía no parece de este mundo, es el más original y oscuro de los místicos, tienen sus versos arranques hermosos y sublimes, falta de armonía en la combinación de las palabras, etc. Todavía, como se puede comprobar, estamos en el primer momento de análisis de la obra literaria del carmelita de Fontiveros, lo que hace comprensible que quienes se acercan a él mantengan una cierta distancia, una cierta prudencia ante sus versos.
3. Otras obras de crítica literaria: dos modelos.
Quizás es aquí donde se produzcan más novedades respecto al tratamiento de la obra literaria de san Juan de la Cruz. Las diferentes historias de la literatura española que antes hemos mencionado son, prácticamente, similares en la forma de acercarse al carmelita. De los distintos críticos que escriben sobre el místico durante la segunda mitad del siglo XIX, escogeremos los dos que nos parecen los más significativos: Menéndez Pelayo y Leopoldo Alas “Clarín”. El primero, porque con su discurso de ingreso en la Real Academia (1881) sitúa a san Juan de la Cruz en la primera fila de la historia literaria de España; el segundo, porque con el “palique” dedicado a Carolina de Valencia (ganadora del certamen de Poesía que la misma Academia Española organizó para commemorar el tercer centenario de la muerte del místico), Clarín critica duramente los acercamientos que, desde la literatura de creación, se llevaban a cabo en torno a la figura y a la obra del compañero de Santa Teresa.
3.1 El acercamiento de Menéndez Pelayo
Menéndez Pelayo sigue siendo un personaje un tanto controvertido para los críticos actuales: algunos le achacan su extremado carácter apologista , así como su poca atención al setecientos español . A pesar de esto, nadie duda de su altura y calidad científicas. No estamos en absoluto de acuerdo con José Constantino Nieto cuando dice de Menéndez Pelayo que siendo un crítico seminal en muchos aspectos de la literatura española, sin embargo ha dejado muy poco y además muy confuso por lo que respecta a la poesía de Fray Juan . Claro que es confuso y naturalmente que no se ha explayado en explorar todos los entresijos del logos poético y exegético del místico de Fontiveros, tal y como se está haciendo en nuestro siglo. Pero, si exceptuamos los trabajos del carmelita Fray Andrés de la Encarnación , no podemos hablar de una crítica literaria sobre los escritos sanjuanistas anterior a la de Menéndez Pelayo. Sí estamos más en consonancia con José Ángel Valente que, al valorar la labor -escueta pero iluminadora- sanjuanista de don Marcelino, dice que al igual que en otras cosas, para encontrar apreciaciones dignas de mención en el territorio de las letras, es necesario esperar a Menéndez Pelayo en los alrededores del novecientos .
Marcelino Menéndez Pelayo es figura indiscutible en la recuperación de San Juan de la Cruz para el canon literario español . Pero su interés no aparece ex nihilo. Es precisamente un filólogo francés, Alfred Morel-Fatio, quien le anima a redescubrir una parte de la literatura española ciertamente abandonada en España: la mística . Mejor que su discurso de ingreso en la Academia, que ya ofreceremos en otro estudio de próxima aparición, mostramos a continuación algunos párrafos de la interesante correspondencia entre estos dos investigadores que, dicho sea de paso, tuvieron una relación bastante turbulenta, más de desencuentros que de puntos en común, aunque siempre dentro de un enorme y mutuo respeto que fue creciendo con el tiempo. En primer lugar, aportamos el cruce epistolar referido al discurso de ingreso de don Marcelino en la Real Academia.
De Menéndez Pelayo a Morel-Fatio
Madrid, 30 de enero de 1881
Tengo acabado y casi impreso mi discurso de entrada en la Academia Española, acerca de los poetas místicos españoles. Me contesta Valera. La recepción será en los últimos días de febrero. Oportunamente enviaré a Vd. Los discursos.
De Morel-Fatio a Menéndez Pelayo
Barcelona, 12 de abril de 1881
Mi muy docto amigo e ilustrísimo señor académico . Le escribo de esa para noticiarle 1º. Que leí con muchísimo gusto su discurso de Vd. y la contestación de Valera; 2º que mandé a la Revue Critique un articulito, menos sobre el discurso que sobre Vd. en general, y le trato bastante mal como verá Vd. y acostumbro a hacer con la gente que vale . Hoy me dijo Milá que acababa de salir un compte-rendu de Vd. en la Revista de España sobre el libro de Graux.
Ahora nos centramos en el interés de ambos por la mística española.
De Morel-Fatio a Menéndez Pelayo
París, 2 de marzo de 1907
Sr. D. Marcelino Menéndez Pelayo.
Mi querido amigo:
Estoy metido ahora en Santa Teresa y los místicos. ¿No podría Vd. fomentar la publicación en la Nueva Biblioteca de un tomo o dos de místicos? Es una vergüenza que no se pueda estudiar en buenas ediciones modernas las fuentes del misticismo de Teresa. Habría que reimprimir el Tercer Abecedario de Osuna, el Arte de Servir a Dios de Alonso de Madrid, la Subida del monte Sión de Laredo, varios tratados de Gracián, de Palafox y Falconi y acabar por la traducción de la Guía Espiritual de Molinos. De este modo tendríamos el desenvolvimiento completo de la mística práctica, que viene a ser la contribución peculiar de España en la Doctrina.
De Morel-Fatio a Menéndez Pelayo
París, 22 de octubre de 1907
Sr. D. Marcelino Menéndez Pelayo.
... En cuanto a mí estoy metido siempre en el estudio de Santa Teresa y sus alrededores. Dentro de poco acabaré un estudio sobre Las Lecturas de la Madre, que me ha costado mucho trabajo. Otra vez le recomiendo la publicación de un tomo o dos de místicos, en los cuales se pondría algunos de los tratados condenados por el Índice de Valdés, originales o traducidos del italiano o latín, y después los maestros de Teresa: Osuna, Laredo, etc. Es de todo punto imposible estudiar el método de oración de la Madre sin tener a la vista los antecedentes, hoy rarísimos y por eso desconocidos. A pesar de sus muchísimas ocupaciones, ¿Por qué no pone Vd. la mano a la obra? Nadie mejor que Vd. podría hacerla bien.
Me alegro de que se haya mejorado su salud. A mí me han remendado por algún tiempo.
Su afmo. amigo,
ALFRED MOREL-FATIO
De este segundo bloque de correspondencia podemos comprobar el verdadero interés del investigador francés por la mística española y su denodado empeño en que sea Menéndez Pelayo, cuyo interés por esta materia es, desde luego, anterior a la insistencia de Morel-Fatio, quien se encargue de recuperar editorialmente algunos de los hitos bibliográficos más sobresalientes, sobre todos aquellos que circundaron la vida de Teresa de Jesús.
Dentro de este proceso de recuperación, San Juan de la Cruz será convertido por el polígrafo montañés en el príncipe de los poetas españoles, por encima incluso de Garcilaso y de fray Luis de León. Es cierto que antes de Menéndez Pelayo ya aparece San Juan de la Cruz en otras historias de la literatura española, retóricas, poéticas y preceptivas. Pero, sin duda, el insigne santanderino es una pieza fundamental en el engranaje de la recepción sanjuanista del siglo XIX y de ahí en adelante hasta nuestros días. Después de su afortunada intervención en la Real Academia en 1881, todos los historiadores y preceptistas reciben la influencia de don Marcelino, a veces citándolo y otras plagiándolo.
3.2 El acercamiento de Clarín
Se trata, como antes anunciamos, del “palique” que Leopoldo Alas “Clarín” escribe en respuesta al premio que se concede a Carolina Valencia con motivo del Certamen de poesía que se celebra en 1891 en honor a san Juan de la Cruz, que coincidió además con la celebración del tercer centenario de su muerte. Proponemos, en primer lugar, algunos fragmentos del poema premiado :
Es la ovejuela del pastor mimada
que el rigor de la ardorosa siesta,
andando enamorada,
oculta en lo interior de la floresta,
“Hizose perdidiza y fue ganada” ;
es la blanca paloma inmaculada,
que hallando por doquier la tierra impura
por las aguas del crimen inundada,
al arca santa se acogió segura
tras la noche de aflicción pasada;
la casta tortolica,
cuyo pecho gentil de amor transido,
a los aires en sones plañideros,
lanzó el doliente, arrullador gemido,
hasta que al lado de la roca viva,
en los más escondidos agujeros
y en grata soledad, labra su nido.
No más de la enramada a los oteros
ni de los verdes prados al ejido
se la verá vagar, ni en los rastrojos
buscará el alimento apetecido,
saltando vallas y pisando abrojos;
que ya por la espesura
entróse en lo interior del huerto ameno,
donde aspira en sus horas de ventura
el ambiente estival de aroma lleno.
“Quedóse y oldivóse,
el rostro reclinó sobre el Amado,
cesó todo y dejóse,
dejando su cuidado
entre las azucenas olvidado”.
Ofrecemos ahora algunos fragmentos de la respuesta de Clarín a la concesión de dicho premio :
SAN JUAN DE LA CRUZ Y LA SRTA. VALENCIA
Acabo de recibir un librito que se titula A San Juan de la Cruz, poesía de doña Carolina Valencia, premiada en público certamen por la Real Academia Española, y publicada a sus expensas.
Es decir; a mis expensas y a las de ustedes, porque ni aunque ustedes ni yo somos académicos para cobrar, lo que es para pagar como si lo fuéramos: en cuanto pagano, todo contribuyente es académico.
La Real Academia paga con nuestro dinero, y, por consiguiente, el verdadero tribunal, el de alzada, somos nosotros. Yo, por lo que a mi contribución toca, protesto contra el gasto de la Academia. No, no creo que se deba gastar el dinero del Estado en proteger debilidades poéticas de señoritas más o menos inspiradas, pero cuya misión en esta tierra en que habitan es muy otra que escribir odas cursis, nihilistas, tautológicas, inocentonas, anodinas e incorrectas. La señorita Valencia, créame a mí, es un Muiños sin más ventaja que la del sexo, que siempre es preferible siendo el bello. No haga caso la señorita Valencia al insidioso P. Blanco García, que la llama “Zorrilla femenino”, con dudosa oportunidad onomástica. Según el P. Blanco, la señorita Valencia es una dulce y simpática poetisa, que desde el retiro de su hogar (porque ni siquiera reside en la corte...) ¡Divino, pater, divino! De modo que según usted, el que reside en un hogar no reside en la corte; ¿en la corte no hay hogares?(...)
(...)La oda a San Juan de la señorita Valencia, se reduce, como todas las de su clase, a hinchar un perro con lirismo vacío, es decir, falso; a estar diciéndole a la musa: canta esto y canta lo otro; y vuelta con que va a cantar por aquí y va a cantar por allá, y por fin no sale de esta canción. Como se trata de un santo místico, abundan las florecillas simbólicas, y el ganado lanar y los desmayos transcendentales, todo ello sin calor ni sinceridad; frío, amañado, retórico; se ve que la señorita Valencia está pensando en el conde de Cheste y en el Sr. Tamayo, secretario perpetuo de la Academia, y no en el amor de Dios, que no es cosa para trraída y llevada en públicos certámenes.
Sin mala intención, por culpa de la mala retórica, trata la poetisa al santo con escasos miramientos.
Le llama serafín ardiente, por ejemplo, que tiene tanto sentido como si le llamara...cámara ardiente, v. gr. En cuanto a la Academia, ya que se paga de formas, debió mirarse antes de premiar cosas como éstas:
De aquella lira en el Edén forjada
Aquí se supone que en el Edén hay una fragua y que las liras se hace como los picos y los azadones.
Su ardiente fe se aviva y se agiganta
Demasiado sabe la Academia que el verbo agigantarse, agigantar, no lo considera ella castellano . Pero la poetisa no hace caso, porque insiste:
Cuanto más se amenguó más se agiganta
¿Cómo premia la Academia vaguedades sin sentido y de expresión tan desdichada como éstas?
¿Quién es capaz de celebrar la gloria
de que se inunda el alma
con ese singular abatimiento
en que se ciñe victoriosa palma?
Suponiendo que la palma se ciña, ¿qué quiere decir todo eso? Ese singular abatimiento, ¿qué tiene que ver con las palmas?
Serafín abrasado del Carmelo
(¡Ya se tostó!)
Tú a quien la primordial sabiduría
hizo participar de su omnisciencia.
Mucho lo dudo: ni San Juan de la Cruz, ni el mismo San Juan Ante-portam-latinam creo yo que hayan llegado a participar de la sabiduría infinita de Dios. En fin, si la señorita Valencia o Cheste y Catalina tienen otras noticias, no discuto...
¡Así andamos!
¡En estas muñeiras ha venido a parar la poesía religiosa castellana!
Yo quisiera que la señorita Valencia no leyera este Palique; sentiría mucho mortificar su amor propio. Pero...¡si la quiero yo mejor que los padres descalzos que la adulan!
Esa facilidad que tiene para hacer versos que así, de repente, suenan bien, no es don poético; es cierta blandura nerviosa que nos consiente repetir ciertos ritmos después de habituar a ellos el oído.
Cuando yo, allá en mi adolescencia, me daba grandes atracones de alejandrinos de Victor Hugo, me pasaba las noches, a poco difícil que fuera la digestión de la cena, haciendo de Victor Hugo en la cama, con antítesis y todo. Después de leer mucho a Quintana, por ejemplo, no puede uno menos de empezar cualquier conversación diciendo:
Dadme que...
O bien
¡Cuando será que...
Todo es flato, y con los años y los desengaños se quita. No a todos; hay quien muere con el sonsonete...Pero la señorita Valencia que es buena cristiana, por lo que veo, desistirá de manejar el plectro.
Además, ella sabrá mejor que yo que en poesía hay que limar mucho; y quien dice limar, dice cortar. Las tijeras son instrumento de todo buen poeta académico.
Ya supongo a la señorita Valencia con las tijeras en la mano.
Y las tijeras, por natural asociación de ideas...la llevarán hasta la aguja. Por ahí empezaron los rapsodas de la Iliada.
Y después, ya todo es cuestión de...coser y cantar. Pero cantar de veras, no líricamente.
Martínez Cachero señala, no obstante, que Valera trató mejor que Clarín la poesía escrita por Carolina Valencia . No era, desde luego, la primera vez que Clarín se acercaba al místico de la noche oscura. En el mismo volumen encontramos, justo antes de la crítica feroz a la poetisa vallisoletana, otro “palique” dedicado, en tono general, al certamen de san Juan de la Cruz. Clarín nos ofrece su opinión en estos términos:
EL CERTAMEN DE SAN JUAN DE LA CRUZ
Ya lo oyen ustedes: la Academia Española, en un arranque de idealidad contemplativa, ha determinado desprenderse de mil pesetas para entregárselas al poeta místico de más agallas, al que cante mejor que todos sus émulos del concurso (o pujas a la llana) al seráfico San Juan de la Cruz en el tercer centenario de su muerte, acaecida en diciembre de 1591.
Ya lo oyen nuestros vates fin de siècle, nuestros simbolistas, decadentistas, instrumentistas, místicos, etc., etc. Salgan al campo del honor poético nuestros Verlaine, nuestros Peladan, nuestros Mallarmé, nuestros Villiers de l’Isle-Adam. Si allá por Francia es moda entre la juventud literaria, y la que no es juventud, sacar a relucir la vida y milagros de santos ilustres, y un escritor-artista nos habla de San Francisco de Asís, otro de San Ignacio de Loyola, etc., etcétera , del propio modo nuestros ilustradísimos y profundos y muy sentimentales poetas jóvenes sabrán cantar al sublime carmelita, el gran amigo de Teresa de Jesús, al reformador Juan de Yepes. Salgan, salgan de las oficinas nuestros poetas modernísimos, y emprendan la subida del monte Carmelo, y píntennos la noche oscura del alma, y declárennos el sentido del cántico espiritual, y procuren abrasarnos en la llama de amor viva.
Aun suponiendo que nada tengan que decir del venerable San Juan, a quien puede que Velarde confunda con San Juan degollado, de todas suertes, anímense; que cuatro mil reales no son para dejarlos en el arroyo.
¡Bueno sería que la sed mística que se le ha despertado a la Academia quedase sin saciar, por no haber un valiente que se atreva con el género que hoy maneja cualquier boulevardier!
¡A ver, ese Grilo, el de las Ermitas de Córdoba! Atrévase usted con San Juan, que por allí cerca anduvo haciendo penitencia. Pero ¡nada de seguidillas disimuladas, de esas que escriben usted de esta manera:
En el alto del puerto canta Marica:
¡cada quisque se rasca donde le pica!
Y usted, Sr. Shaw, ¿no se anima? ¿No ha cantado usted al Himalaya? Pues San Juan de la Cruz era mucho más bajo.
¿Y el Sr. Ferrari? Éste casi tiene la cosa hecha; con leves variantes, puede servirle para la subasta académica el pliego de condiciones titulado Abelardo. El que describe unos hábitos, describe cientos. Aquellos famosos Alpes del Sr. Ferrari pueden convertirse en Sierra Morena...
Pero, no; el llamado a desaparecer, digo, a dar en el clavo, es el Sr. Velarde que ya tiene un poema titulado Fray Juan. Deja usted el Juan, cambia el Fray por San, y mil pesetas seguras. ¿Que en ese poema no se hablaba del ilustre místico español? ¿Y qué? Tampoco se hablaba de Fray Juan. ¿Qué es lo que decía allí el Sr. Velarde? Pues, si no me es infiel la memoria, cosas por este estilo:
Del huerto sobre las bardas
el gallo ya cacarea;
sube hasta las nubes pardas
humo de una chimenea;
garañones con albardas,
naturales de la aldea,
rebuznan, y en las bufardas
el gato en mayar se emplea.
Pues todo esto se puede decir del tiempo de San Juan de la Cruz, sin que se pierda el sabor local ni el de época. Amanecer y anochecer es cosa de todos los siglos; de modo que el Sr. Velarde, con decir cómo salió el sol y cómo se puso el día en que el santo entregó el alma a Dios, ha cumplido.
Yo me chupo ya los dedos de gusto figurándome el poema descriptivo del Sr. Velarde, dedicado a la muerte del santo. Primero de todo la cédula de vecindad, o por lo menos las señas personales:
Entre mediano y pequeño
aquel siervo del Señor
fue trigueño de color,
y aunque asceta no cenceño.
De nariz era aguileño
y tan sencillo en su trato
que, huyendo de todo boato,
en sus muchas excursiones
nunca montó garañones
por motivos de recato.
Después vendrá el viaje del niño Juan con su desgraciada madre, Doña Catalina Álvarez, a Medina del Campo, ¡y aquí te quiero descripción! El Sr. Velarde aprovechará, como si lo viera, el viaje de la viuda de Yepes para pintarnos las famosas ferias de Medina; y comenzará así:
El emporio castellano
ofrece mil baratijas;
peines de cuerno, sortijas,
pañuelos para la mano;
y en concurso soberano
que pasma la fantasía,
algalia, aljofar, la fría
hoja que afila Albacete,
muchos versos de Cañete
y una que otra chirimía.
En fin, si el Sr. Velarde no se gana esas pesetas académicas, será porque no quiere. Mas por si se decide a conquistar el lauro y los cuartos, le daré un consejo: que cuando le paguen su misticismo en verso, si se lo pagan en billetes, mire bien que no sean como Catalina y Commelerán en cuanto literatos.
Falsos.
El talante irónico y desafiante de las palabras de Clarín no dejan lugar a dudas del interés que san Juan de la Cruz comienza a despertar, tanto en los ambientes académicos como en los de la crítica literaria. Independientemente de que sus duras afirmaciones gocen del favor de la razón o no, lo cierto es que el santo carmelita ya no pasa desapercibido en sentido literario y esto, a fin de cuentas, es lo que interesa a nuestra investigación.
4. Los versos de fray Juan en la literatura de creación: tres ejemplos
Según el carmelita Crisógono de Jesús , el siglo XIX, época en la que se inserta en España el llamado Romanticismo, tampoco se enamorará de san Juan de la Cruz y menos aún intentará imitarle. Dos causas encuentra este fraile carmelita para argumentar su tesis: por un lado, lo elevado de sus poemas y lo subjetivo de su estilo; por otro, la mala disposición del ambiente en que cayeron y han vivido sus obras. Sólo en los últimos años del ochocientos, afirma el P. Crisógono, tiempo en que parece resurgir el gusto por lo clásico, San Juan de la Cruz tuvo algunos buenos imitadores. Otros, insiste el carmelita, mejor que no hubieran cogido la pluma, al menos para intentar imitar los versos del Cisne de Fontiveros. Sin embargo, a la postre es benevolente y recoge las aportaciones tanto de aquellos a los que considera buenos imitadores, como de aquellos a los que tilda de malos imitadores de los poemas de fray Juan. Igual que Crisógono de Jesús, pero con una diferencia amplia de años, opina otro carmelita, Juan Bosco de San Román , quien afirma que si bien el siglo XIX es la centuria en la que san Juan de la Cruz sale fuera de los conventos, sobre todo con la celebración del tercer centenario de su muerte en 1891 (en comparación con los aniversarios de la Reforma carmelitana de 1668 y 1768), todavía el místico no puede ser considerado en el año de la commemoración de su muerte un valor literario. La verdad es que tanto Crisógono como Juan Bosco se precipitan algo en sus conclusiones (el mismo Juan Bosco lo reconocerá) ya que desde 1881, e incluso antes de esta fecha, Juan de la Cruz puede ser considerado un valor literario muy asentado. Probablemente como ya hemos repetido en más de una ocasión, y el mismo Juan Bosco anuncia, Juan de la Cruz tiene precisamente que salir de los conventos para afirmarse como figura literaria. De hecho, la siguiente afirmación de Juan Bosco nos muestra de alguna forma que el hecho de escapar de los muros conventuales perjudica de algún modo el desarrollo de la espiritualidad sanjuanista pero ayuda a que el místico carmelita sea más y mejor comprendido y asimilado por la literatura española:
La extinción de la Orden en los años 30 de esa centuria y la inundación del siglo por las corrientes filosófico-naturalistas e irreligiosas del anterior no son los factores más apropiados para un desarrollo de la espiritualidad y de la investigación sanjuanista.
Así que, como podemos comprobar, para que Juan de la Cruz creciese como valor literario tuvo que menguar en algo su crecimiento como valor espiritual o religioso. Desde luego, a estas alturas podemos decir que ambos terrenos caminan en paralelo sin que ninguno de ellos sobresalga por encima del otro.
Por otro lado, queda la cuestión de saber si entre el llamado Romanticismo y la poesía mística existió o no algún tipo de relación, de influencia de esta sobre aquella. Para esta cuestión contamos con dos opiniones distintas , aunque ambas autorizadas en la materia, como son las de Allison Peers y López Soler. Allison Peers está convencido de que muy poco tuvo que ver el Romanticismo con la mística . Por el contrario, López Soler encuentra una gran afinidad, una relación esencial -según su parecer- entre estos dos movimientos. Nuestra actitud ante este problema, que coincide con la de Servera Baño, será la de obviar si hubo o no una especial relación entre mística y Romanticismo. Hasta ahora, tanto en el siglo XVII como en el siguiente, no hemos encontrado un tiempo ni un espacio literario afín ni a la poesía mística ni tampoco a san Juan de la Cruz. Vemos sólo destellos, autores que casi saliendo de la norma se han atrevido a leer al místico de Fontiveros y además se han atrevido a homenajearle a través de sus versos, llámese imitación, influencia o como quiera llamársele. Pues bien, en este siglo pasará otro tanto de lo mismo: el Romanticismo, desde luego, no recupera a san Juan de la Cruz aunque coincidan históricamente los períodos en que, por un lado, se inserta este movimiento; y, por otro, san Juan de la Cruz comienza a ser considerado un valor, como antes decíamos, literario. Insistimos nuevamente: la recuperación de la obra literaria de san Juan de la Cruz debe ser contemplada más como un proceso que, a pesar de que los ha habido, como una suma de momentos puntuales.
Ofrecemos a continuación, para concluir con nuestro estudio, algunos párrafos de tres escritores que durante el siglo XIX se inspiraron en los versos del místico carmelita para crear los suyos propios.
Comenzamos con Jacinto Verdaguer . El presbítero catalán escribe algunos de sus poemas con una voz que nos deja ver una clara reminiscencia sanjuanista. Así lo podemos comprobar en estos versos que, incluso, dedica al mismo san Juan de la Cruz :
Hay un pastorcico - arriba en la sierra
que llora de amores - de noche y de día;
Amor le ha llamado - del cielo a la tierra,
mas ¡ay! en su pecho - cruelmente le hería.
Quien le ha enamorado - es una Pastora
que llena su alma - de pena y olvido;
sus pasos siguiendo, - él llora que llora,
mas ¡ay! que en su pecho - cruelmente le ha herido.
Y dice el Pastor: - ¡Triste del que deja,
pues deja por nada, - toda su alegría!
Viéndola alejarse, - de pena se queja,
mas ¡ay! en su pecho - el amor le hería.
A un árbol se sube - por si la olvidaba,
y abriendo los brazos, - le llama afligido;
allí de dolor - su vida se acaba,
mas ¡ay! tiene el pecho - cruelmente herido .
Si leemos el poema Un pastorcico de san Juan de la Cruz enseguida caeremos en la cuenta de que lo que hace Verdaguer con sus versos es casi explicar a través de la voz de un narrador el poema del místico carmelita. Transcribimos sus versos para poder ver esto que decimos más claramente:
UN PASTORCICO
Un pastorcico solo está penado,
ajeno de placer y de contento
y en su pastora puesto el pensamiento
y el pecho del amor muy lastimado.
No llora por haberle amor llagado,
que no le pena verse así afligido,
aunque en el corazón está herido,
mas llora por pensar que está olvidado;
que sólo de pensar que está olvidado
de su bella pastora, con gran pena
se deja maltratar en tierra ajena,
el pecho del amor muy lastimado.
Y dice el pastorcico: “¡ay, desdichado
de aquel que de mi amor ha hecho ausencia
y no quiere gozar la mi presencia
y el pecho por su amor muy lastimado!
Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos
y muerto se ha quedado asido dellos,
el pecho de el amor muy lastimado.
Igualmente, en Idilios y cantos místicos , prologado por Milá y Fontanals , encontramos poemas con resonancias sanjuanistas. Así, por ejemplo, en el poema Nostalgia, que encabeza con la primera lira del Cántico Espiritual, dice el poeta:
En dónde estáis, vida mía?
En mi corazón entráis
porque os abrí con alegría,
y herido me abandonáis.
Algo más adelante:
Mostraos ya al que os adora,
clavel que va a florecer,
y oleros pueda una hora,
aunque deba fallecer.
Que recuerda precisamente la lira 11 que Juan de la Cruz añadió a la segunda redacción del Cántico Espiritual:
¡Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura!
Otra más que refleja una lectura de las liras 4 y 5 Mil gracias derramando/ pasó por estos sotos con presura/ y yéndolos mirando/ con sola su figura/ vestidos los dejó de su hermosura. del mismo Cántico:
Si en márgenes y boscajes
deja huella mi Señor,
¿no lo dirá en sus lenguajes
la claridad y el verdor?
Sigue Verdaguer más adelante:
¡Oh! Si encontráis al que adoro,
del día a la clara luz
sepa, vírgenes que lloro
y que no verlo es mi cruz.
Aves que vais por el aire,
decidle que muero ya,
por no admirar su donaire,
y que helada me hallará.
¿No me dais, Amado mío,
del otero aquel manjar
que se llena de rocío,
cual se llena de agua el mar?
Por llanuras y montañas
os llamo, y no contestáis;
¡Oh Jesús de mis entrañas!
¿Por qué así me abandonáis?
Otro poeta influenciado en sus inicios literarios por los versos del místico carmelita fue Ángel María Dacarrete , quien escribe en Cádiz en el año 1846 un poema titulado A Jesús crucificado . El mismo poeta aclara, escribiéndolo entre paréntesis, que se trata de una imitación de san Juan de la Cruz. Reproducimos algunos fragmentos:
“A JESÚS CRUCIFICADO”
(Imitación de San Juan de la Cruz)
¡Ay, salga triste llanto
de mis cansados ojos, y un gemido
emblema del quebranto
exhale el pecho herido,
que la vida Jesús por mí ha perdido!
Por mí, Cordero amado,
para mí, que en el pecado concebido
y amante del pecado,
ingrato y desleal heme huido.
¿Y cómo alzar los ojos
osaré a tu grandeza, si morados
miro tus labios rojos,
tus pies atravesados,
tus cabellos de espinas coronados?
Tu rostro como el lirio
cárdeno; ¡dulce bien! y tu mirada
que empaña cruel martirio
¡ay! por la muerte airada,
¡caro amor! Mi Jesús yace apagada.
Llorad, vírgenes puras,
que esa sangre divina derramada
el llanto de amargura
a el alma enamorada
arranca de dolores desgarrada.
¡Llorad los inocentes
que besáis de una madre el blando seno!
¡Llorad , viejos dolientes!
Que henchido de veneno
su brazo armó el mortal contra el Dios bueno.
¡Y llora tú, alma mía,
que expiró de tu amor la primavera,
como la tarde fría
aja la rosa, fiera!
¡Cual la tórtola gime plañidera!
¡Jesús, bien adorado,
Jesús, tú mi esperanza y mi consuelo!
Tu pecho lacerado
me cure ¡ay Dios! Que anhelo
ser alumbrado con la luz del cielo.
¡Ay! ¡dame la esperanza
de que podré en un tiempo ser tu amado!
¡Mayor placer no alcanza
mi pecho enamorado,
que verse en tu regazo recostado!
Sólo en un par de aspectos nos recuerdan estos versos a los de Juan de la Cruz: por una lado, en un aspecto formal como es el uso de la lira que, como ya hemos mencionado, es muy frecuentada por quienes han sido lectores productivos del místico; por otro lado, el último verso de los que hemos expuesto, que nos trae a la memoria la última lira de la Noche Oscura:
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
La palabra poética de Carolina Coronado, para terminar, ya es un punto y aparte en esta investigación de influencias sanjuanistas. Carolina no imita, en algunos de sus versos, a san Juan de la Cruz. Casi podríamos decir que lo asimila al modo que lo hacen los simbolistas franceses de principios del siglo XX. Nos atreveríamos a decir que en algunas de sus estrofas nos muestra la teoría poética del delirio de la que se ha hablado tanto en relación con el místico de Fontiveros y que tan poco se ha estudiado respecto a la poetisa de Almendralejo. Este fragmento de El Amor de los Amores habla por sí mismo:
Eres la sombra de la nube errante,
eres el sol del árbol que se mueve,
y aunque a adorarte el corazón se atreve,
tú sólo en la ilusión eres mi amante.
Hoy me engañas también como otras veces,
tú eres la imagen que el delirio crea,
fantasma del vapor que me rodea
que con el fuego de mi aliento creces.
Leamos ahora la lira 12 del Cántico Espiritual:
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!
Expresados de distinta forma, naturalmente atados a unas coordenadas espaciales y temporales, estos versos de Juan de la Cruz y de Carolina parecen querer decir lo mismo: el otro imaginado que llevamos dentro de nosotros mismos, que no sabemos si es ilusión, engaño o existe de veras, si es sólo un producto de nuestro propio delirio o si en verdad existe ese Otro que está en nosotros y es más grande que nosotros. No es nuestro cometido ahora solucionar esta cuestión, pero sí señalar esta confluencia temática. Confluencia que nos preludia de alguna forma esa Carolina que a mediados del siglo XIX, desde la soledad de su querida sierra de Jarilla, está tan cercana a los místicos, es especial a san Juan de la Cruz y que tiene su máxima expresión en su poema El amor de los amores. Ofrecemos algunos fragmentos en los que podremos observar una clara lectura del Cántico Espiritual del carmelita descalzo:
EL AMOR DE LOS AMORES
¿Cómo te llamaré para que entiendas
que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!
Cuando lleguen al mundo las ofrendas
que desde oculta soledad te envío?...
A ti, sin nombre para mí en la tierra
¿cómo te llamaré con aquel nombre,
tan claro, que no pueda ningún hombre
confundirlo, al cruzar por esta sierra?
¿Cómo sabrás que enamorada vivo
siempre de ti, que me lamento sola
del Gévora que pasa fugitivo
mirando relucir ola tras ola?
Aquí estoy aguardando en una peña
a que venga el que adora el alma mía;
¿por qué no ha de venir, si es tan risueña
la gruta que formé por si venía?
(…)
Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;
por qué no has de venir si yo te llamo?
¡Porque quiero mirarte, quiero verte
y tengo que decirte que te amo!
¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?
(…)
Siempre en pos de mi amor voy por la tierra
y creyendo encontrarle en las alturas,
con el naciente sol trepo a la sierra,
con la noche desciendo a las llanuras.
Y hallo al hambriento lobo en mi camino
y al toro que me mira y que me espera;
en vano grita el pobre campesino
“No cruces por la noche la ribera”.
(…)
Por eso entre los vientos bramadores
salgo a cantar por el desierto valle,
pues aunque en el desierto no te halle,
ya sé que escuchas mi canción de amores.
(…)
He venido a escuchar los amadores
por ver si entre sus ecos logro oírte,
porque te quiero hablar para decirte
que eres siempre el amor de mis amores.
(…)
Tampoco es el mar a donde él mora,
ni en la tierra ni el mar mi amor existe:
¡ay! dime si en la tierra te escondiste
o si dentro del mar estás ahora.
Porque es mucho dolor que siempre ignores
que yo te quiero ver, que yo te llamo
sólo para decirte que te amo,
¡que eres siempre el amor de mis amores!
¡Pero te llamo yo, ¡dulce amor mío!
Como si fuera tu mortal viviente,
cuando sólo eres luz, eres ambiente,
eres aroma, eres vapor del río.
Eres la sombra de la nube errante,
eres el son del árbol que se mueve,
y aunque a adorarte el corazón se atreve,
tan sólo en la ilusión eres mi amante.
Hoy me engañas también como otras veces;
tú eres la imagen que el delirio crea,
fantasma del vapor que me rodea
que con el fuego de mi aliento creces.
Mi amor, el tierno amor por el que lloro
eres tan solo tú ¡señor Dios mío!
Si te busco y te llamo es desvarío
de lo mucho que sufro y que te adoro.
Yo nunca te veré, porque no tienes
ser humano, ni forma, ni presencia:
yo siempre te amaré, porque en esencia
a el alma mía como amante vienes.
Sierra de Jarilla, 1849.
5. Conclusión
Queda aún mucho por decir. Esto era sólo un botón de muestra de lo que el siglo XIX supuso para la recuperación dentro de nuestra historiografía literaria del gran poeta Juan de la Cruz. A partir de estos años, los historiadores de la literatura, los críticos literarios y los escritores no verán en él sólo al místico, sino también al poeta del lenguaje inefable y del silencio. El siglo XX así lo afirmó y éste en el que vivimos aún se deja enamorar por su soledad sonora y su música callada.